A LA MUERTE DE UN POLÍTICO

 

 

Un político liberal y otro conservador gastaban la sana manía de insultarse a la menor ocasión. El liberal le solía llamar al conservador asesino, golpista, glotón, terrateniente esclavizador, mujeriego, cagón. El conservador por su parte se solía mofar del liberal con lindezas tales como: revolucionario, salteador de caminos, pedorro, ignorante, anarco-terrorista, borracho, ladrón.

A la muerte de uno de ellos —no diré cuál, para que cada uno ponga nombre y rostro a su entera satisfacción—, su eterno oponente, a la salida del velatorio, se despachó con estas palabras ante el reportero de turno:

—Es una gran pérdida. Se ha ido uno de los mejores políticos de este país. Su integridad y el amor a su oficio jamás se pusieron en duda. A pesar de nuestras diferencias ideológicas, siempre mantuvo las buenas formas y fue un contrincante duro, ejemplar. Hombres como él han dignificado el arte de la política.

Y se marchó con los ojos enrojecidos de tanto llorar.

El reportero se dio cuenta de la difícil papeleta que tenía delante: escribir el artículo de la muerte del finado siguiendo a pies juntillas la línea editorial de su periódico.

Manolo Yagüe, Historias verídicas de este país.

PERUCHO SE ESCONDIÓ EN UN CALCETÍN

A partir de la lectura de Álvaro Cunqueiro y sus «Tesoros y otras magias», inspirado como no por el paisaje de Lugo, Viveiro, y la fantasía como refugio del hombre humilde, he escrito en una tardecita (que rima con tacita), en un hueco entre los llantos de un niño y los llantos de otro niño, este pequeño cuento sin moraleja, o con una muy tonta: «Cuidado padre cuando te pongas el calcetín.»

Para saber mas de Álvaro Cunqueiro, visiten la información del Centro Virtual Cervantes; o compren un libro, coño: http://cvc.cervantes.es/actcult/cunqueiro/

La cerámica de Sargadelos alimenta la imaginación

 PERUCHO SE ESCONDIÓ EN UN CALCETÍN

A la hora de la siesta, durante las vacaciones de verano, jugando el pequeño Perucho al escondite con sus hermanas se escondió en el calcetín de su padre. En ese momento su padre despertó de la siesta y con los ojos entrecerrados por el sopor se puso un calcetín, se puso otro calcetín, ser puso un zapato y se puso el otro, y zas, de un brinco aplastó al pequeño Perucho, el menor de sus hijos y al que mas quería, pues era el único varón, además de bueno y callado. Don Pedro notó el crujido de los huesos y la viscosidad de algo así como una lagartija en el pie, y juraría que un gemido, pero tan débil como el de un ratón.

Se quitó el calcetín y allí estaba Perucho: un revoltijo de niño, donde apenas se adivinaba el ojo verde, el pelo negro y rizo, la nariz chata, los bracitos pecosos y los dedos de los pies portadores de una peculiaridad inusual en un humano: eran dedos unidos por una película o fibra o tejido, lo cual los tornaba palmeados como los de un pato.

Don Pedro lloró con amargura por la suerte de Perucho. Su decimoquinto hijo; nació sietemesino, canijo, en una noche de tormenta, consumida ya la madre por los partos y sin leche que dar. Fue amamantado por una perra Yorkshire, y de ahí el escaso crecimiento de la criatura. Don Pedro quiso que su primer hijo varón llevase su nombre, después de catorce hijas gritonas, caprichosas, mandonas y manirrotas, pero la mamá y las celosas hermanas lo apodaron Perucho, haciéndole de menos, menos todavía de lo que ya era.

Cuando don Pedro, alarmado, les enseño a su mujer y a sus hijas el revoltijo de Perucho, ellas no le dieron mayor importancia: «era de esperar que un día acabara aplastado, lo extraño es que hubiera aguantado tanto», dijo su mujer, sin apartar un instante el helado de cucurucho  de dos bolas sabor chocolate y vainilla que se estaba zampando.

Don Pedro se preguntó qué hubiera pasado si hubiera aplastado a la perrita yorkshire, aunque se imagino una escena de llantos femeninos digna de un coro de plañideras.

A Perucho no se molestaron en prepararle entierro. Las hijas dijeron que se le quemase en la barbacoa del jardín; se le arrojase por la borda de la lancha motora; se desperdigasen sus restos en un paseo a caballo; se guardase en una caja de zapatos y se tirase al contenedor de la basura. La madre le dijo a don Pedro: «Sácame ese bicho asqueroso de casa. No quiero verlo, me da igual lo que hagas con él».

Don Pedro recogió con sumo cuidado los restos de Perucho, los guardó en una cajita de porcelana de Sargadelos y salió abatido de casa con los restos de su hijo predilecto en el regazo. No sabía a dónde acudir, ni cómo enterrar a su Perucho, ni que ceremonial sería adecuado para honrar como es debido el amor que padre e hijo se habían profesado.

Cuando se cruzaba con algún vecino le decía: «Voy a enterrar a Perucho». Pero como era una tarde de mucho calor, y la caja de porcelana apenas ocupaba la palma de la mano de don Pedro, todos pensaron que el seso del hombre se había reblandecido dentro de su cráneo por efecto de las altas temperaturas y que ya retornaría a su estado normal con un baño en la playa o con la fresca de la noche.

La verdad es que don Pedro no quería enterrar a Perucho.

No lo quería enterrar porque había leído infinidad de cuentos de hadas en los que un niño es salvado de forma misteriosa por un conjuro. Así es que subió a un mirador desde el cual se dominaba la costa lucense, con sus pedruscos recortados por el mar en calma. Allí permaneció toda la tarde, observando el atardecer, y toda la noche, en duermevela, sin que aparición fantasmal, hada, mago, encantador, animal con cualidades humanas, santo o santa, se le apareciera, y le ayudase a recomponer a Perucho.

De madrugada, cansado, y abandonada su fe, arrojó la cajita de porcelana con Perucho acantilado abajo, donde escuchó el crujido del recipiente al estrellarse con uno de los farallones.

«Triste destino el de mi pequeño Perucho: servirá de alimento a las voraces gaviotas y a los peces mudos», fueron sus palabras de despedida.

A la tercera noche, don Pedro despertó sobresaltado por un sueño de mares profundos y chillidos de gaviota. Como un autómata salió a la calle en pijama y caminó con la fresca hasta el borde del mar. Se sentó en una roca que semejaba un huevo prehistórico y observó como las gaviotas desmenuzaban un cordero que se pudría en un bajío rocoso. No tardó mucho en verse Don Pedro rodeado de grises sombras de gaviota en el amanecer. Parecían ansiosas por acercársele y tentarle con los picos.

—¿Eres tú el padre de Perucho?

Le dijo una de ellas con su molesto graznido, que actuaba como portavoz de las más.

—Soy yo  —don Pedro apenas se extrañó de escuchar hablar a una gaviota—. ¿Dónde está Perucho?

—¡Perucho se fue! ¡Perucho se fue! ¡Perucho se fue! —gritaron a coro todas las aves.

—Y, ¿a dónde se fue mi pequeño Perucho?

—Se enroló en el barco del gigante Ambabrod, que lo recompuso con pegamento de ballena y lo alimenta con carne cruda de atún.

Don Pedro se emocionó y respiró con alivio. Se sentía tan culpable de haber aplastado a su hijo al ponerse el calcetín, que al comprobar que estaba vivo dejaron de caérsele los dientes de la boca: durante aquellas noches infaustas había perdido hasta diez.

—¿Podré volver a ver a Perucho algún día?

—Lo dudo  —le dijo la gaviota jefe—. Sin embargo, cuando quiera tener noticias de él pregunte a las gaviotas del puerto y le darán mensajes suyos.

—¿Dejó alguno antes de irse? —Don Pedro temía cualquier reproche de su menudo retoño, y quería aliviar su conciencia.

—Por supuesto, dejó un mensaje.

—¡Dejó un mensaje! ¡Dejó un mensaje! ¡Dejó un mensaje! —gritaron a coro las tontas aves.

—El mensaje fue el siguiente: «Padre lávese los pies todos los días, que huelen a queso de cabra. »

Don Pedro se quedó perplejo, sin habla. Pero enseguida reconoció el fino humor de Perucho, que no se preocupaba de asuntos sin importancia. Don Pedro se apartó del círculo de las gaviotas, que ya pugnaban con sus picos por deshacerle el pijama, y volvió a la cama con la cara de los bobos felices, a acostarse con la bruja de su mujer.

A partir de ese momento, don Pedro no dejó de tener noticias de Perucho, que le mandaba mensajes extraños y alegres desde parajes tan alejados y exóticos como Picutí o la región de Rucahuá.

Manolo Yagüe

JUEGO CON MUÑECAS

CAPÍTULO PRIMERO: MADRID

 

A mi novia le gustaba acostarse con mujeres. Eso no era un problema. Lo que pasa es que estuve pensando y se me ocurrió qué dado que yo le perdonaba ese pequeño placer ella podría perdonarme otro: quería poder verlo.

Así que se me ocurrió que podríamos instalar uno de esos espejos en la habitación del dormitorio, de los que utiliza la policía en las series de la televisión, en los que tú puedes ver sin que te vean.

Mi novia, a la que llamaremos Amelie, me dijo: «pero no te basta con una discreta mirilla como a todo el mundo». Ella pensaba, y tenía razón, que los artistas éramos muy rebuscados. Pero logré convencerla.

Vivo en un espacioso piso en el centro de una gran ciudad- aunque la ciudad es lo de menos-, y el dormitorio principal, está justo al lado de mi biblioteca. Contacté con un inmigrante rumano que hacía chapuzas por su cuenta. Le expliqué con detenimiento todos los detalles. Quería un buen trabajo. Un trabajo del que Sade estuviera satisfecho.

El rumano no era ni mucho menos tonto. Trabajó durante toda la semana, tiró un espacioso hueco en la pared, enmarcó con un soporte de madera el espacio, rellenó los sobrantes, dio de nuevo yeso a las paredes y, por último, trajo el magnífico cristal de espejo, junto con otros dos compañeros rumanos. Al parecer lo habían robado y me aseguraban que era de una calidad extraordinaria. Me daba igual cómo lo hubieran conseguido. El caso es que colocaron aquel enorme espejo a mi entera satisfacción.

Lo que pasa es que, una vez que los otros dos rumanos vieron a Amelie quisieron quedarse a ayudar a su amigo a terminar la obra. Se quedaban gratis. No les importaba trabajar a cambio de una recompensa especial. Los largué a empellones de mi piso.

Nicolai puso los elegantes marcos a ambos lados del cristal, uno de ancho cuerpo dorado estilo imperio en el lado del dormitorio, otro de clásica madera de nogal tallado en el lado de la biblioteca, y le pagué sus honorarios por el trabajo. El rumano, que llevaba la sonrisa dibujada desde que le conté el proyecto y aún más desde que vio a Amelie, me dijo que si me parecía bien,  sería un placer estrenarlo.

Amelie estaba en la cocina tomando zumo de pomelo y leyendo una revista insustancial de moda. Serían como las nueve de la mañana.

Amelie es delgada y elegante, es flexible como un fino tallo de bambú, pero de una rara sensualidad egipcia, ya que su padre es de Siria o Libia, nunca me acuerdo. Esa mezcla árabe y francesa, hace que sea muy apreciada por los hombres. Uno siente que se estuviera acostando con una hermana de Cleopatra, o algo parecido. Cómo no, trabaja de modelo.

—Buenos días Amelie —saludé, trayendo a mis espaldas al fornido y vivaracho rumano, que portaba su habitual atuendo con ropa vieja manchada de polvo de yeso y pintura.

—Buenos días caballeros —dijo sin alzar la vista de un reportaje de maquillaje indígena. Se la veía absorta a su manera, un tanto descuidada, en el interesante reportaje fotográfico.

—Nuestro obrero, Nicolai- Nicolai puso cara de disgusto cuando le llamé obrero, se sintió quizá humillado—, me ha hecho una proposición que necesitamos consultar contigo.

—Tú tienes buen gusto, querido, para el tema de las obras. ¿Has visto Nicolai —dijo sin mirar a Nicolai— otro piso decorado con tan buen gusto en toda la ciudad?

Nicolai, que seguramente era el único piso de estas características que había tenido ocasión de ver en la ciudad, y probablemente en su vida, negó con la cabeza, poniéndose colorado.

—Sin embargo, mi adorada Amelie, en este caso tu concurso es absolutamente necesario, imprescindible diría yo.

—¿Qué es ese asunto tan importante que reclama mi atención a estas horas de la mañana?

Amelie llevaba un camisón semitransparente, mientras que yo me cubría con una ridícula bata de seda color vino, de las que llevan los ricachones de cierta edad en las películas baratas. Se puede decir que la escenografía estaba preparada.

—Nuestro eficiente albañil Nicolai, ya ha terminado la obra para la que le hemos contratado, a nuestra entera satisfacción, y por supuesto ha recibido sus honorarios. Humildemente me ha sugerido que, los tres, podríamos probar el espejo. Teme quizá que nos falle —dije para rematar la pícara proposición.

Un albañil musculado no es cosa que cualquier mujer aburrida desprecie de buenas a primeras. Aunque he de reconocer que Nicolai tenía una cara, como decirlo suavemente, demasiado étnica. Redondeada, con la forma de un pan blanco y los carrillos rosados de los habitantes de la montaña.

Amelie levantó la mirada de su revista con desdén. Me aparté a un lado, para que el pobre Nicolai fuera diseccionado por el preciso gusto para los hombres que distinguía a Amelie. Amelie lo observó de arriba abajo como si fuera un tratante de ganado, o aún peor de esclavos, y luego me lanzó una rapidísima mirada captando todos los matices de la situación.

—Podría ser. Por favor, querido, ordénale que se de la vuelta.

—Nicolai, por favor.

Nicolai, visiblemente azorado, todavía deseaba tanto acostarse con Amelie, y quién no, como para darse la vuelta, dejándose someter a esta especie de jueguecito de humillación con el que nos estábamos divirtiendo.

Amelie se tomó unos segundos, durante los cuales casi perfiló con los ojos los glúteos y las espaldas del rumano, y luego sentenció:

—Hubiera sido posible, pero no en este lugar, ni a estas horas de la mañana. Y ahora, si me disculpáis, voy a tomar una ducha.

Nicolai y yo nos dirigimos a la puerta de entrada.

—Lo siento Nicolai, las mujeres son caprichosas —y esta vez le hablé con la sinceridad con la que le hablaría a un amigo—. Siempre estamos a su merced. Sobre todo si saben que somos capaces de todo por ellas.

Nicolai me pidió que le llamase si me surgía cualquier otro trabajo o si algún amigo mío necesitaba hacer obras en casa. Le prometí a Nicolai que le llamaría en cuanto me enterase de algo. ¡Y tanto que lo llamé! En cuanto mi jueguecito del espejo corrió de boca en boca por los barrios acomodados de la capital, Nicolai no dejó de poner espejos, y en ocasiones hasta de probarlos.

Pero eso fue tiempo después, y en otro capítulo.

Todavía sucedieron unas cuantas cosas en esta historia que son dignas de ser contadas.

Continuará…, si los lectores me lo piden.

 

Juego con muñecas, capítulo primero: Madrid. Manolo Yagüe.

¿A QUÉ HORA PASA EL TREN?

Vieja estación de tren de Vega de Terrón, Florian Vicente

Los dos viejos salieron de madrugada embozados en sus raídos abrigos, pues todavía refrescaba por las noches, sin hablarse en todo el trayecto, en dirección a la apartada estación de Blesedau. Cuando llegaron al andén cubierto escasamente por un porche medio derruido, no encontraron a nadie allí. La oficina estaba cerrada y por los cristales sucios se veía tan sólo una pequeña habitación y en su interior una estufa, un banco de madera y un mostrador donde se vendían los billetes. Un gran mapa de Alemania amarillento, anterior a la guerra, estaba enmarcado en una pared, con sus extensiones inconcebibles. Los viejos, que vivían ahora otra vez en Polonia, esperaron sin inmutarse sentados en el banco de piedra que descansaba, algo desgastado de pintura y humedades, bajo el porche de la pequeña estación.

-Ha de pasar- dijo el marido, que llevaba por nombre Zopec.

Era lo único que se le ocurría decir. Zopec era un ganadero grueso de cinturón, de una estatura desmedida y un rostro temible. Acostumbraba a maltratar a su mujer y a sus vacas, robaba a los vecinos si se presentaba la ocasión, y bebía sin cesar. Su olor rancio y su mirada torva contribuían a que los vecinos del pueblo de Blesedau y sus alrededores evitasen en todo momento su contacto. Zopec se tornó huraño durante la guerra, aunque otras versiones no tan seguras afirman que ya lo era desde el mismo nacimiento.

-¿Y si no pasa?

Respondió la mujer. Basia era ancha de espaldas, había perdido el pelo de la cabeza —por lo cual siempre llevaba un pañuelo negro anudado—, pero no el de la barba, que le crecía en recios tallones canosos, que a duras penas se molestaba en quitar. Había ejercido de partera cuando los médicos no llegaban a la localidad, con los escasos conocimientos adquiridos en el trato con las reses. Como consecuencia Blesedau había sido el pueblo con mayor mortandad infantil de la región, y posiblemente de Europa, durante sus inestimables maniobras para traer bebés al mundo.

Basia sufría fuertes retortijones en el bajo vientre desde hacía una semana, cada cinco o diez minutos. Por fin convenció a su marido de que le llevase a ver a un médico en la ciudad.

Luego de más de dos horas de esperar entretenidos en esa misma conversación, se asomó un tipejo que no mediría más de metro cincuenta y que apestaba a vino, con el traje gris de la compañía de trenes agujereado y remendado en veinte sitios, y cubierto de una visera oficial de aspecto misérrimo, que igual servía para refugiar del sol que de la lluvia, hacía de cesto para huevos de gallina o valía de almohada.

Se quedó mirando a la extraña pareja, como si se hallase frente a una visión y, después, se tambaleó hasta la puerta. Del remendado bolsillo de su pantalón sacó un llavín y, tanteo a tanteo, se fue acercando con la punta metálica al ojo de la cerradura hasta que acertó. Abrió la puerta y sin disimulo se tumbó en el banco de madera de la oficina a dormir.

Los viejos no tardaron ni cinco minutos en entrar en la oficina.

—Queremos dos billetes para la ciudad— zarandeó Zopec al tipo que dormía la mona en el banco.

—¡No molesten, que estoy durmiendo!

—¡Venga, levántate, pellejo de víbora!— rugió Basia. En ese momento estaba sufriendo uno de los horribles retortijones y su cara se ponía roja, casi morada.

—Bueno, bueno, no se ponga usted así— contestó el tipejo, quitándose dos legañas verdosas—.  Queda mucho para que pase el primer tren.

El tipejo no recordaba ni su nombre verdadero aunque todos le conocían por su mote: Cagarruto.

—¿A qué hora pasa el tren?— pregunto Zopec.

—Bueno, en fin, eso es difícil de calcular. A media mañana…, a mediodía…, a eso del anochecer… Según y cómo— respondió meneando  las pulgas de su cabellera, que de inmediato saltaron para buscar un nuevo acomodo.

—Pero ¿entonces no pasa siempre a la misma hora?

—Jamás.

La afirmación de Cagarruto fue tan firme que no dejó lugar a dudas.

—¿No tendrá usted para hacer un café? Le pagaremos— propuso Basia.

—Claro, claro, y bollería recién horneada. ¿Dónde creen ustedes que han venido a parar? Al Palacio de los Zares. Esta es una humilde estación de tren que ya no aparece ni en los mapas. Les puedo ofrecer una sabrosa infusión que elaboro con plantas medicinales, y de cuya fórmula tengo yo la receta. Observaran que soy un hombre delgado— y al decirlo se subió los pantalones varias veces por encima de la cintura como hacen los payasos en sus números de circo—: sigo una dieta estricta. Pero gracias a la infusión me mantengo en forma.

Para demostrarlo abrió los brazos en cruz y los subió y bajó como un colegial haciendo gimnasia.

—Tomaremos de lo que se ofrezca. Hemos traído pan y queso para el desayuno. Así que nos parece bien —repuso Zopec henchido de confianza ante aquel despojo humano polaco. Zopec se consideraba alemán, y aseguraba que Basia era otro despojo polaco a pesar que los dos eran del mismo pueblo desde el nacimiento.

Cagarruto salió disparado en busca de sus hierbas especiales y volvió en un periquete, con un puñado de hierbajos arrancados del borde del sendero. Llenó una tetera oxidada con agua de un garrafón que escondía bajo el mostrador, y la puso sobre la estufa. Encendió la estufa con papeles de periódico del tiempo de la guerra y unos troncos menudos, y en unos minutos estaban los tres en el banco sorbiendo té de sus tres tacitas de auténtica porcelana, igual que tres embajadores en una recepción principesca.

—¿Dónde se hizo usted con las tacitas de porcelana? —preguntó Basia, que estaba deseosa, cual imberbe damisela, de entablar conversación con Cagarruto.

—Oh, es parte de los objetos que los judíos fueron dejando cuando tuvieron que irse de aquí. He vendido casi todo, pero todavía me quedan algunas cosas. Como estas tres tazas de porcelana de bohemia o el cuadro que ven ahí, ¿a que parece mi familia? —Cagarruto señaló una fotografía de gran tamaño en la que aparecían una veintena de judíos de diferentes edades y sexos, miembros todos ellos de una misma familia, que posaban con alegría y confianza en el jardín de su mansión—. Pues no, no lo es. Pero hace tan bien en la pared. Como yo no tengo familia.

Cagarruto se compungió unos segundos. Finalmente añadió:

—Y este diente de oro.

Cagarruto abrió la boca todo lo que pudo y mostró a sus compañeros de tertulia el diente de oro que lucía en la mitad superior de su cariada dentadura.

—Los judíos lo dejaron todo cuando se marcharon, la verdad —observó Cagarruto con normalidad—. Por entonces sí que pasaban por aquí trenes: iban llenos hacia el este, y volvían vacíos, no sé por qué. Fue la mejor época de la estación, sin duda —Cagarruto pareció tornarse nostálgico, pero enseguida se repuso—. ¡Que se le va a hacer! Así son las cosas. Ahora vivimos más tranquilos. No hemos de temer a los de un lado, ni a los del otro. Mientras tengamos de beber y comer.

—Bien dicho.

Basía alzó su taza de porcelana para brindar por ello, sin darse cuenta de que con las tazas de té no se acostumbra a proponer brindis. Pero los otros no se anduvieron con remilgos y brindaron de buena gana.

Basia empezó a encontrar sabroso el mejunje que estaban bebiendo y propuso sacar algo de viandas.

Comieron con satisfecha parsimonia el recio pan y el pedregoso queso que traía el matrimonio en el zurrón. No hablaron hasta dar despacho a ese asunto, tras el cual Basia dijo:

—Parece que las hierbas medicinales han hecho su efecto. Los retortijones no son tan fuertes.

—Vaya si quiere usted a cagar a la parte de atrás de la estación —dijo Cagarruto, sin reparar en que tenía al marido delante.

Zopec le largó un pescozón a Cagarruto que envió su gorra de plato a varios metros de distancia.

—Muy amable, pero no se moleste usted —respondió Basia, sin tomar en cuenta la reacción de su marido—. Cuando tenga que ir se lo haré saber.

Cagarruto inclinó la cabeza hacia la que ya consideraba toda una dama.

—¿Se puede saber qué asunto les lleva a la ciudad?

—Esta —dijo Zopec como si estuviera hablando de una de sus vacas—, que tiene retortijones y quiere ver a un médico. No me ha dado hijos sabe. Seca por dentro, así es. Si hubiera sido una vaca, hace tiempo la hubiera sacrificado. A lo mejor todavía lo hago.

—Los médicos no sirven de nada, les aseguro. Una vez en la guerra uno quiso cortarme la pierna derecha. Menos mal que me desperté a tiempo, antes de que el serrucho tocara hueso. Le dije: cosa la pierna y deje actuar a la naturaleza. Y ya ven, me salve la pierna.

—Pues no se nota la cojera —afirmó Basia juguetona.

—Tú calla —cortó Zopec—. No ves que está más cojo que una mula coja.

Después de la grata conversación, los tres quedaron callados, dormitando y dándose de cabezadas. Basia estaba en medio, y como si se encontrase dormida y sin querer, metía su mano de vieja por el bolsillo de Cagarruto, que tenía un oportuno agujero dentro. Cagarruto no estaba para muchos trotes pues venía de pasar la noche de juerga. Dormido, creyó que estaba en un sueño. Zopec roncó todo lo que le dio la gana.

Al cabo de la hora más o menos se despertaron.

—Te sigue doliendo la barriga —preguntó Zopec a su esposa.

—Me duele menos, pero no es cosa de volvernos ahora. Hay que ir al médico, no quiero morir sin que me vea.

—Pues entonces, boñiga de cerdo polaco —dijo, dirigiéndose a Cagarruto—, sería conveniente que nos vendiera unos billetes de tren.

—Como ustedes deseen.

Cagarruto, con su habitual ligereza de cuerpo y espíritu, se dirigió a la ventanilla y alzó la voz:

—¡Pasen los siguientes!

Zopec se acercó y extendió un billete bajo la ventanilla enrejada.

—Disculpe señor,  las tarifas han subido. ¿Hace mucho tiempo que no viaja usted en tren?

Zopec no había montado en un tren en su vida y se acaloró de la vergüenza. Como no quería pasar por un paleto sacó cinco billetes más y los paso bajo la ventanilla con la esperanza de que fuera suficiente.

En ese momento Cagarruto echó un vistazo a Basia y recordó que había tenido un sueño. Se quedó embobado, pues no había tenido contacto con una mujer desde hacía veinte años, y se sintió como un mozo de cuadra. Es decir, dispuesto a todo. Los ojos de Basia y Cagarruto cruzaron sus miradas, y chisporrotearon un segundo.

—Me das los billetes o qué.

—Oh sí por supuesto —Cagarruto retornó de su ensimismamiento a sus obligaciones profesionales. Le tendió dos billetes de un fajo carcomido—. Espero que tengan ustedes un buen viaje.

Luego se agachó e hizo como que manipulaba una caja fuerte, dando golpes con un hierro en el suelo, y se guardó los seis billetes de Zopec en el calcetín.

La vieja Basia no tenía ya asomo de dolores, aunque fingía de vez en cuando algún retortijón para no tener que volver a casa ahora que la cosa pintaba tan bien.

Carrarruto, al sentir la punzada del deseo, se puso a pensar la mejor manera de deshacerse por un buen rato del animal de Zopec.

Se le ocurrió que si sacaba una de sus botellitas de orujo de miel, elaborado de su propia cosecha, Zopec se animaría a beber hasta perder el conocimiento.

Zopec no hizo ascos a la botella, la agarró para sí solo, y como si fuera agua pura que brota de un fresco manantial, se la bebió sin respirar.

Basia y Cagarruto se contuvieron de beber, aunque no les faltaba sed.

—¡Eh, tú, despojo polaco! No tendrás otra botella de este mejunje asqueroso.

Cagarruto sacó otra botella.

De nuevo Zopec se la bebió a buen ritmo.

—¡Eh, tú, despojo polaco! No tendrás otra botella de este mejunje asqueroso.

Así sucedió hasta siete veces. Basia ya había perdido toda esperanza, y Cagarruto empezaba a temer por el destino de su bodega, cuando los primeros síntomas de ebriedad se manifestaron en Zopec:

—Si hubiéramos hecho lo mismo con los polacos que con los malditos judíos, la cosa estaría arreglada —rugió Zopec—. Pero faltó tiempo.

Dicho esto, se levantó y se acercó a Cagarruto con la intención de agarrarlo por el pescuezo. Cagarruto  saltó por encima del mostrador, y empuñó un hierro que mostró en tono de amenaza.

—Da igual, ya te pillaré. En cuanto a ti, perra polaca, te voy a dar una paliza en casa como no has recordado en tu vida —y lanzó una patada a Basia sin alcanzar su objetivo.

Cagarruto sacó dos botellas más del licor de su cosecha, y se las tendió a Zopec, que se había sentado en el suelo, pues ya le costaba caminar. Luego agarró de la mano a Basia, y la sacó a la calle:

—¡Dónde vais, excrementos de burra polaca! Da igual, ya os pillaré.

—No se preocupe, señor Zopec. Voy a enseñarle a su mujer un lugar donde puede aliviar su vientre. Enseguida vuelvo.

Zopec asintió con su gruesa cabezota, y siguió bebiendo y farfullando.

Cagarruto llevó a Basia a la parte de atrás de la estación, donde había un pequeño corral sin animales lleno de paja húmeda.

Una vez que se hubieron tendido en el lecho de paja igual que dos tiernos amantes, Cagarruto le habló a Basia con el ánimo acelerado por la emoción:

—Te tengo que contar un sueño que he tenido mientras dormitábamos en el banco esta mañana. Necesito contártelo, oh, Basia, porque si no lo cuento exploto.

—¿Cuál es ese sueño que me tienes que contar? —preguntó Basia emocionada ante tal escena romántica, inimaginable para ella ni en sus mejores pensamientos.

—Oh, Basia, he soñado con nosotros. Yo estaba en un dormitorio muy grande, dentro de un castillo, y tendido sobre una enorme cama con sábanas tan suaves como el terciopelo y reposada mi cabeza sobre mullidos almohadones de plumas de oca. Profundamente dormido, dormido como nunca recuerdo en mi vida haber dormido, cuando tú apareciste ataviada con un vestido de seda blanco con bordados de oro. Tu cabello relucía al sol de la mañana y tu rostro estaba sonrosado por la timidez y el deseo. Yacimos como amantes durante horas.

Basia, encandilada por el sueño de Cagarruto, no pudo contenerse:

—Lo has soñado ha sido sin duda inducido por mí.

—¿Cómo, explícate? —respondió él, que ya creía estar en manos de una bruja y dominado por la fantasía de un terrible conjuro.

—Si querido. Fui yo quien te indujo a soñar conmigo, pues mientras tú y mi esposo dormíais, aproveché para deslizar mi mano por el bolsillo de tu pantalón con el objeto de tomar la tuya. Tu mano no estaba, amado mío, pero sí hallé un oportuno agujero en el bolsillo, puesto ahí sin duda por la providencia para que yo pudiera llegar a acariciar lo que nunca hubiera imaginado volver a palpar.

-¡Oh, Basia! ¡Qué arriesgada y qué ladina! —excalmó Cagarruto, maravillado por la osadía de la mujer.

Ambos rompieron a reír, con la risa feliz que brota del amor y el deseo, y comenzaron a zafarse de sus ropas para iniciar el acto amoroso, donde discretamente les dejamos.

Una hora después, quizá dos —ya despabilados y vestidos— , Basia, que estaba terminando de ponerse la falda, sintió un terrible retortijón de naturaleza bien distinta a los anteriores. Corriendo cuanto pudo se apartó unos metros intentando protegerse de la mirada de su amante. Y allí mismo se alivió el bajo vientre con ruidos de trompetas y clarines. No duró mucho dicho espectáculo, y Basia quedó tan aliviada y serena, que comprendió que la naturaleza de los retortijones terribles que había tenido durante toda esa semana eran digestivos, y que se habían solucionado a las mil maravillas.

—Me has curado, y ni siquiera sé tu nombre.

—Mi nombre verdadero no lo recuerdo, pero me da mucha vergüenza delante de ti decirte el mote por el que me conocen.

—Da igual, yo te llamaré Iván.

Cuando por fin dieron la vuelta a la casucha de la estación, a eso de la media tarde, se encontraron a Zopec sentado en el banco del porche delante de las vías anegadas de maleza. Todavía no estaba recuperado del todo su sentido, y preguntó dónde estaba.

Basia le explicó la situación.

—¿A qué hora pasa el tren?

Cagarruto que tenía miedo de que el animal de Zopec se coscase de algo y le matase a patadas, repuso:

—Bueno es difícil de decir, pero de buen seguro que de no haber pasado todavía, ya no lo haga hasta mañana. En todo caso, yo termino mi jornada laboral en este preciso instante, así que me voy al pueblo a hacer unos recados.

Cagarruto se escabulló ante la atenta mirada de Basia.

—¿Qué hacemos? —dijo Basia.

—El tren habrá de pasar.

Zopec era testarudo como una mula.

—De todas formas, los retortijones se han pasado. Creo que ha sido gracias a té de mañana.

—Para eso me haces venir hasta aquí y perder toda la jornada —rezongó Zopec.

En ese momento vieron aproximarse por la senda que corría paralela a las vías del tren a un paisano tocado con un sombrero de paja y montado en un burro. El hombre se los quedó mirando como si se tratasen de dos ánimas.

Con parsimonia detuvo la cabalgadura y se quitó el sombrero de paja.

—¿A qué hora pasa el tren? —le gritó Zopec.

El hombre acarició a su burro con ternura, miró a su alrededor, se secó el sudor de la frente, lanzó un escupitajo al suelo y luego dijo, como si tal cosa:

—Aquí no pasa un tren desde hace por lo menos diez años.

 

“Cuentos de amor y su contrario”, Manolo Yagüe.