¿QUÉ ES LO QUE HACEN LOS HOMBRES CUANDO SON ENGAÑADOS POR SUS MUJERES?

¿QUÉ ES LO QUE HACEN LOS HOMBRES CUANDO SON ENGAÑADOS POR SUS MUJERES?

¿Qué es lo que hacen los hombres cuando son engañados por sus mujeres? Esa era la pregunta que Eugenio Corel se estaba haciendo en ese momento.

Eugenio Corel era un hombre de una antigua familia distinguida. Sin embargo, la fortuna familiar se había dilapidado en la tercera generación de la empresa papelera Corel. El abuelo había levantado una gran fábrica, el padre había disfrutado de las rentas del trabajo del abuelo, y los nietos habían sido una panda de vagos sin oficio ni beneficio, que habían conseguido vivir bastante bien sin hacer nada a costa de ir vendiendo propiedades y de los contactos del padre. Uno de ellos era senador, otro dirigía un club de golf que le proporcionaba una paga razonable a cambio de no dar ni palo y pasarse las noches bebiendo y fumando, y Eugenio Corel había estudiado letras, pero nunca había llegado a trabajar. Todo el trabajo de Eugenio Corel consistió en casarse con la hija de un vendedor de colchones que tenía tiendas repartidas por toda la capital de provincia.

Asunción, su mujer, ayudaba a su padre, que acababa de fallecer de un telele a los setenta años, a llevar las cuentas del negocio, y en realidad era la que traía el dinero a casa.

Asun no era especialmente guapa, ni siquiera atractiva. Eugenio Corel se casó con ella como se podría haber casado con otra que le hubiera proporcionado un seguro porvenir, sin esperar mayor felicidad que la tranquilidad que da no tener que preocuparse por mantener un hogar. Como no habían tenido hijos y ya pasaban de los cuarenta, su matrimonio no había cambiado desde el instante de la boda hasta aquel momento. Corel no podría distinguir un día diferente de otros, un momento especial que brillase por encima de la planicie de ese matrimonio. Pero eso a Corel no le importaba lo más mínimo. Corel era feliz así. De hecho había sido educado para ser feliz exclusivamente así, sin hacer nada, sin disfrutar de nada en demasía, y sin pasar sobresaltos. Ni esfuerzos, ni emociones, ni sufrimiento. Corel pasaba desapercibido en su vida insulsa y eso era todo cuanto esperaba de la existencia.

¿Qué es lo que voy a hacer ahora?, se preguntaba Corel, mientras velaba el cadáver de su suegro, a las tres de la madrugada de un martes de diciembre. No podía comprender Corel que algo extraordinario pudiera sucederle y que para más inri ese suceso extraordinario le pudiese afectar de manera tan dramática. La misma tarde del domingo, una hora después de que su suegro se desplomase en el suelo de la cocina mientras se zampaba un chorizo de la olla, Asun le soltó que Marcial y ella eran amantes. Pero si Marcial es el chico de los recados de tu padre, dijo Corel. Y se imaginó a Marcial con el guardapolvo en la trastienda haciéndole arrumacos a Asun, mientras esta se dejaba manosear como una vulgar Bovary. Eres como Madame Bovary, dijo Corel. No seas bobo, dijo Asun, y vete pensando en irte de casa. Qué locura vas a hacer, Asun, vamos a estar en boca de todos. Eso a mí, querido, me importa un rábano. Y antes de irse por la puerta Asun se giró y le espetó: otra cosa te advierto, ni se te ocurra venir esta noche a casa, esta noche no te quiero ver ni en pintura.

Corel, que no tenía por costumbre discutir ni montar escándalos, se quitó las gafas, las tiró al suelo y las pisteó repetidas veces.

Corel estaba sentado al lado de la caja de caoba de su suegro, revisando las gafas: una raja cortaba el cristal derecho en dos, había tenido que pegar con celofán el puente, y el extremo de la patilla izquierda se había colado debajo del frigorífico. Hasta mañana no podría ir a la óptica, y nunca se le había ocurrido tener unas gafas de repuesto, ni siquiera para el coche. Con las gafas puestas Corel presentaba un aspecto ridículo. Y a Corel presentar un aspecto ridículo le molestaba mucho más que la infidelidad de su mujer.

No puedo permitir que Asun me deje. Qué haré yo ahora. De qué viviré. Corel trató de pensar en los trabajos que podría desempeñar, y no se le ocurrió uno en el que verdaderamente pudiera hacer algo de provecho. Corel se quejó para sus adentros del destino de las familias ricas. La culpa, tal como él lo veía, era de la democracia y de los partidos de izquierdas, que habían difundido la absurda idea de la igualdad social. Y pensar que una vez llegó a ser miembro del partido comunista. Dónde quedaban ahora todos los privilegios, los contactos, los puestos asignados a dedo que ocupaban los hijos de los ricos en estos casos de necesidad. Tendré que hablar con mis hermanos. Hace que no les llamo por teléfono siglos. Tendré que recuperar a mi mujer.

Y siguió toda la noche dándole vueltas al asunto, mientras las viejas del vecindario creían que velaba el cadáver de su suegro, aunque en realidad Corel, por primera vez en años, no podía dormir.

A eso de las seis de la mañana Corel se levantó con gesto cansado y se despidió en susurros de las viejas que cabeceaban alrededor de la caja del suegro, que parecía un obispo rodeado de beatas. Cogió el coche y se dirigió a su casa. Vivían en una casa de campo con una enorme parcela a la que se accedía por un largo paseo de chopos. Todo parecía tranquilo, el coche de Asun estaba también en la entrada al borde del porche, y Corel aparcó su desvencijado mercedes al lado del coche de su mujer. Corel pensaba tomar una ducha y tumbarse unas horas en la cama, cerrar los ojos e intentar dormir un rato. Al subir las colosales escaleras enmoquetadas se quedó unos instantes parado frente al imponente cuadro en el que aparecían retratados Asun y él. Se había topado miles de veces con ese cuadro, varias veces al día, pero le pareció que esa era la primera ocasión que lo veía de verdad.

Era un retrato de ambos, de cuerpo entero, que encargó su mujer para celebrar el décimo aniversario de su boda. Corel estaba vestido con un traje de sastre cruzado gris perla, con una corbata roja, y un pañuelo rojo a juego, unos zapatos negros y impecablemente peinado con fijador. Asun llevaba un vestido de flores, que llevaba un largo de hace cincuenta años, un broche de carey en el escote, un collar de perlas a juego con la pulsera y los pendientes, y una permanente en el pelo que por aquel entonces se acababa de teñir de rubio. Creía que con ese atuendo era el colmo de la elegancia. Corel no dijo nada, pues nunca decía nada al respecto de la manera de vestir de su mujer, pero pensaba que era más natural en Asun el pelo castaño y un traje chaqueta marrón o gris. Y por supuesto esas joyas que no pegaban con ese rostro cerúleo marcado por infinidad de granos perennes. La cara y el aspecto de su mujer siempre habían sido las de una vulgar fregona, a pesar de que la hubiese dado por ir disfrazada.

¡Qué error he cometido! Toda mi vida ha sido un tremendo error, se dijo. Continuó por las escaleras hacia el piso superior, donde se sucedía un largo pasillo flanqueado por enormes habitaciones siempre vacías. Los pasos de Corel resonaban en la oscuridad. Era algo que no se podía evitar con ese suelo de madera pulido y encerado. Justo cuando iba a coger el pomo de la puerta del dormitorio matrimonial, la puerta se abrió de golpe y apareció Asun, arropada en la sábana. En ese momento Corel recordó las palabras de su mujer: esta noche no te quiero ver ni en pintura. Se arrepintió de haber venido, pero ya no se podía remediar.

-¡Qué haces aquí! No te dije que no quería verte.

-Necesito descansar un momento.

-Vete, estúpido.

-¿Por qué hablas en susurros?

-Chsss, no ves que se puede despertar.

-¿Está aquí? Lo has traído a casa el día de la muerte de tu padre.

-Como se despierte estás perdido.

-Me da igual, no me importa, que se despierte- dijo Corel alzando la voz.

-No seas estúpido- dijo Asun, tratando de llevarse del brazo a su marido-; si te ve aquí es capaz de matarte, es una bestia.

Corel se quedó atónito. Marcial no parecía el tipo de hombre capaz de hacer daño a una mosca. Delgaducho y con la tez blanquecina, bajaba la vista cuando le dirigían la palabra y tartamudeaba al contestar.

-Todavía eres mi mujer- se quejó Corel.

-Eso ya no importa, ahora le pertenezco a él- aseguró Asun con un tono aterrorizado.

-¿Pero qué te ha hecho?- preguntó Corel entre intrigado y temeroso.

-Bajemos a la cocina.

 

Una vez en la cocina, se sentaron en torno a la mesa de madera, y Asun le puso un café a su marido, como siempre hacía.

Asun adoptó entonces un tono de gravedad para contarle a Corel la historia que había tenido con Marcial.

“Reconozco que al principio- comenzó a contar Asun con tono de gravedad- me atrajo la idea de mantener una aventura con Marcial. Solo tiene veinte años y parece inexperto, y con ese aire de timidez que tanto gusta a las mujeres casadas. Yo necesitaba sentirme deseada, sí, así es, deseada por una vez, deseada por un hombre, y tú nunca me has deseado como se desea de verdad. Necesitaba hacer el amor con una pasión arrebatada. El caso es que empezamos a tontear. Lo admito, al principio empecé yo a tontear con él. Hacía por quedarme a solas con Marcial en el almacén, y allí le preguntaba por sus novias, por sus relaciones. Al principio no me contaba nada, tartamudeaba, y me rehuía. Eso me ponía más loca. Me volví loca de remate. Pero la primera vez que nos besamos descubrí que ese beso no era el de un hombre inexperto. Una corriente de electricidad me recorrió la espalda, y me dio un vuelco al corazón. Tuvimos que dejar aquel beso, porque mi padre entró en el almacén, pero me pasé noches enteras soñando con ese beso.

“Nada volvió a pasar, durante un mes. Pero yo notaba su mirada clavada en mí cuando estábamos en la tienda. Era como estar ante un animal, y yo era la víctima. Solo que yo deseaba con todas mis fuerzas ser atacada por ese animal.

“Una tarde muy oscura, de tormenta, en que mi padre había salido de viaje, y sabíamos que no iba a volver, Marcial estuvo detrás de mí todo el rato. Se ponía justo a mi espalda y notaba su aliento en mi pelo, en mi cuello…, sabía que en cualquier momento me atacaría, y sentía una mezcla de deseo y pavor.

“Armándome de valor me dirigí sin decir nada a la trastienda, luego al almacén, donde se apilan los colchones, y Marcial caminó como un autómata siguiéndome. Allí me poseyó como una bestia, me lanzó por los aires, me atravesó como con una daga, me golpeó por dentro del vientre, mordió el interior de mis entrañas. Perdí el conocimiento. Cuando desperté, estábamos desnudos, y él parecía otra persona, era como el demonio, me miraba con unos ojos en los que todavía quedaba el rescoldo de una hoguera salvaje.

“Entonces me contó todo lo que había hecho con las mujeres. Las poseía sin contemplaciones, las devoraba por fuera y por dentro, y cuando ya quedaban exhaustas, y sin vida, las abandonaba, moribundas, incapaces ya para servir como mujeres.”

Asun interrumpió el relato, y rompió a llorar. Pero a Corel le pareció un llanto extraño, seco, como el de una máquina de sufrir que ya no tiene suficiente combustible. Corel quedó impresionado por el relato. Estúpidamente sintió cariño por su mujer, por primera vez a lo largo del matrimonio, y pensó que había sido víctima de un arrebato romántico.

-No te preocupes querida, le diré que te vayas, y ya está.

-No puedes hacer eso. Me matará – Asun se arrastró como un perro a los pies de Corel-. ¡Nos matará a los dos!

-Pero qué estás diciendo, te has vuelto loca, levanta del suelo.

-¡Lo he visto con mis propios ojos!

-¿Cómo? – dijo Corel sumido en la locura de su mujer.

-Sí, lo he visto matar, ha matado a un hombre delante de mis narices. Y solo por el capricho de matar. No recuerdas al carnicero que apareció asesinado en el callejón que hay cerca de nuestra tienda. El carnicero nos sorprendió cuchicheando abrazados, mientras discutíamos. Yo le pedí que me dejara en paz, que se olvidara de mí. Entonces Marcial, poseído por el mismo arrebato que le transformaba cuando hacíamos el amor, me dijo: mira de lo que soy capaz, y se lanzó a por el carnicero, le golpeó terriblemente hasta matarlo. Yo lo vi con estos ojos.

Asun lloraba entre temblores febriles. Corel la sujetó y la hizo sentarse en una silla.

-¿Qué podemos hacer? –se preguntó en voz alta Corel.

Asun poco a poco recobró el dominio de sí, y le dijo a su marido:

-Está dormido. Después de hacer el amor durante horas, se queda dormido profundamente.

-¿Qué quieres que haga?

Asun miró a Corel con una profundidad animal:

-Sálvame, sálvame querido. ¡Mátalo!

Luego esa era la manera de seguir conservando su vida, se dijo Corel, visiblemente trastornado por el insomnio.

-Toma, toma, cuanto antes lo hagas mejor- dijo Asun, colocándole un cuchillo de cocina en la mano derecha.

 

 

 

Lo demás es historia.

Corel fue detenido por asesinato.

El cuerpo de Marcial apareció agujereado por decenas de cuchilladas propinadas por la rabia, el temor y los celos.

En el juicio nadie creyó una sola palabra de las versiones de Asun y Corel, que coincidieron a la perfección. Simplemente el juez se negó a pensar en otra cosa que no fuera un vulgar ataque de celos. Hay que creer en el demonio, en entidades sobrenaturales, en posesiones extrañas para disculpar la conducta de Asun y la reacción asesina de Corel.

Corel vive en la cárcel, habituado a sus rutinas, muy parecidas en el fondo a las costumbres que adquiriera desde niño, es decir, no hacer nada. Asun habita sola la enorme casa de campo, regenta las colchonerías de su padre con la eficiencia de una buena sirvienta, visita a su marido todos los fines de semana y, según las habladurías, recibe hombres de vez en cuando, hombres siniestros, por la noche, hombres que no vuelven a ser vistos nunca.

 

 

Manolo Yagüe.

¿QUÉ PASARÁ CUANDO LLEGUE EL FIN?

Cuando llegue el fin, supongo que todos los árboles se inclinarán del mismo lado, los hombres mirarán el interior de los ojos de sus mujeres, los animales huirán a rincones insospechados, las sardinas saltarán del plato de porcelana, los cristales se resquebrajarán en silencio, los niños explotarán de emoción y jugarán con rabia.

Quién sabe lo que pasará cuando llegue el tan ansiado, jeje, fin del mundo.

En el siguiente poema aventuro una escena de ese final.

 

Tokio. Imagen obtenida en http://www.turismoenfotos.com/

 

 

 

EL FIN

son ventanas que respiran

obsérvalas cazar mosquitos con sus luces de seda

en mi pupila el temblor de Japón

mece el viento las calles, inclinadas como abedules

un policía enseña su pistola a una yonqui que rie

del mar a tierra los lobos con voces de escalera

¡cierra la puerta al mar! ¡cierra la puerta!

muere el amor florece en humo huye entre luces

acuclillados como sapos que intentan secar sus traseros

mejor así, sin esperanza

en un abrazo de columnas sin techo

 

 

Perteneciente al libro Autodestrucción, Manolo Yagüe.

UN ESCRITOR DE PIEL NARANJA

Ha llegado el verano y la hora de que los escritores se marchen a  la playa y los lectores también, que buena falta nos hace coger un poco de color, y no esa tez enfermiza que tenemos de habitual, por tanto tiempo como pasamos escribiendo y leyendo.

Yo disfruto escribiendo al ritmo de las estaciones, o mis cuentos, según me asomo a la ventana,  van tomando el tiempo del día.

Hoy ha tocado lo ven un cuento de verano. De playa, de sol, de amor. El amor. debería ser el tema de todos los cuentos, pero por desgracia la vida trae  un poco de todo.

La imgen que ilustra el cuento es una excelente portada de Supertramp.

 

UN ESCRITOR DE PIEL NARANJA

 

Había una vez un escritor naranja. Era naranja su color de piel. Naranja butano. Su piel se había vuelto de ese color bajo un triste flexo que agachaba la cabeza bajo unas tristes palabras, que el escritor naranja no paraba de escribir. Las hojas habían adquirido también la tonalidad naranja e incluso las letras, en una tipología antigua de máquina de escribir, pues el escritor no se hacía a escribir a ordenador, también se imprimían en naranja, con sus imperfecciones en la te y en la uve doble.

Una tarde, cansado de escribir, más cansado que de costumbre, decidió salir a dar una vuelta, un pequeño paseo. Pero el paseo se alargó, mientras el escritor caminaba por las calles zurradas por un sol inclemente de agosto, mientras la ciudad dormía una siesta mortuoria. Las pocas personas que se cruzaban con él, lo confundían con un inglés recién tostado, con un enfermo a punto de morir, y un niño lo confundió con un alienígena.

El paseo se alargó y el escritor decidió acercarse hasta la playa.

Conforme el sol le iba penetrando en la piel, le iba resecando la fina capa de telilla naranja, que se iba cuarteando. El escritor se fue entreteniendo en quitarse trocitos de piel naranja por el camino, de las manos y los brazos. Salían como pegatinas sudadas de su verdadera piel, que aparecía blanquísima, como si fuera una serpiente por debajo, como si estuviera mudando. Al llegar a la playa, se quitó la camiseta, los zapatos, los calcetines y los pantalones, y sin poder parar, se sentó en la arena en calzoncillos y se paso varias horas tirándose de los pliegues ajados de su antigua piel naranja de escritor, embebido en la tarea, sin darse cuenta de que los que estaban a su alrededor en la playa lo estaban mirando, sorprendidos.

Cuando llegó a la espalda, la tarea se complicó: por más esfuerzos que hacía, sus brazos no llegaban y el temor a que quedase algún resto de pielecilla naranja, por diminuto que fuera lo ponía nervioso, y buscó, ejercitando las posturas de un loco, llegar a todos los rincones de su piel.

Una muchacha se le acercó, y el escritor, descamado, se quedó perplejo, de pie frente a ella:

-¿Quieres que te ayude?

El escritor no dijo nada, pero se rindió a la evidencia.

La chica le sentó en la arena, se puso a su espalda y, como si fuera la novia que le explota los granos al novio del verano, le fue tirando de la vieja piel con parsimonia y cuidado, como sólo saben hacerlo las chicas con sus manos dulces y sus uñas de manicura.

Al terminar, le repaso las manos por la espalda, y metiéndole los dedos en la pelambrera del cuello, le dijo casi al oído:

-Ya está, has quedado tan guapo, creo que es mejor que te vayas a bañar.

El escritor se incorporó y fijó en su memoria el rostro de la chica, una chica de esas que valen para novia por la normalidad de su rostro, y la intención de casarse con un buen hombre de su mirada, y su cuerpo menudo, ansioso de criar hijos, y se dijo, “será para mí”.

Se dio un largo baño, en el que creyó ver a las olas jugando y riéndose de él, pero no con maldad, más bien con alegría.

Al salir, la chica lo estaba esperando.

Salieron de la playa cogidos de la mano, se subieron a un autobús que iba a la barriada donde vivía la chica, con su madre y sus dos hermanos chiquitos, y se perdieron entre la multitud.

 

 

Manolo Yagüe.

 

LA MALETA: UN MAGNÍFICO LIBRO DE SERGÉI DOVLÁTOV

 

 

Buena parte de la literatura que se publica hoy en día, viene de lugares apartados, Lejanos para nosotros. Otra buena parte de la literatura se escribe aquí mismo, en cocheras, sótanos, bibliotecas ruidosas, cuartuchos de alquiler, autobuses, celdas, psiquiátricos, bañeras, y no se publica jamás.

El caso de Dovlátov, pertenece a la primera categoría. Nacido en la antigua URSS, trabajó como guardia en un campo de prisioneros, y después de periodista. Hasta que no pudo soportar la persecución ideológica, y emigró a los EEUU. Le editorial RBA ha tenido el buen gusto de acercarnos esta joya de la narrativa titulada, que ya se me olvidaba, “La maleta”. La particularidad del libro es que son cuentos, pero cuentos con un denominador común: las aventuras del portagonista en la absurda URSS, y los escasos objetos que se llevó de allí después de toda una vida. Cada objeto vale por un capítulo.

Sufro últimamente un terror visceral a los escritores aburridos, y Dovlátov empieza así:

“En el OVIR, va aquella zorra y me dice:

-Cada emigrante tiene derecho a tres maletas. Esa es la norma establecida. Hay una resolución especial del ministerio.

No tenía sentido objetar. Pero, por supuesto, objeté.

-¡¿Sólamente tres maletas?! ¡¿Y qué hace uno con sus cosas?!

-¿Por ejemplo?

-Por ejemplo, con mi colección de coches de carreras.

-Véndala -respondió de inmediato la funcionaria; y añadió, frunciendo levemente las cejas-: Si algo no le satisface, escriba una reclamación.

-Estoy satisfecho -le digo.

Después de la cárcel todo me satisfacía.

-Entonces compórtese correctamente…

Una semana después recogía mis cosas. Y, como se vió después, me bastaba con una sola maleta. ”

 

“La maleta”, Sergéi Dovlátov, RBA editorial. Traducción de Justo E. Vasco.

 

Manolo YagÜe.