EL CUENTO MÁS BREVE DEL MUNDO

Ya se sabe que hay una cerrada competición por conseguir el cuento más breve del mundo. Qué mínimos requisitos debería tener ese cuento hiperbreve para no ser una frase cualquiera. Es complejo asegurarlo: un conflicto, personajes, una resolución. Hay destacados cuentos en la lista: dos de ellos de fama internacional, difíciles de superar:

“Cuando despertó, el dinosaurio todavía estaba allí.”

Augusto Monterroso.

“Vendo zapatos de bebé, sin usar.”

Ernest Hemingway.

Yo por mi parte pienso que la brevedad absoluta es sólo un juego, y aunque, por su realismo me gusta más el de Hemingway, considero que no todo es cuento. Por mi parte, arriesgando mi ya de por sí escaso prestigio, os propongo un cuento hiperbreve, que se titula

CITA A CIEGAS

 Ella dijo, estoy casada. Yo lo estuve, respondió él. ¿Es fácil dejarlo?, pregunto ella. Lo peor es, dijo él, que nunca se deja.
Relatos hiperbreves del más allá, Manolo Yagüe.

LA CAMA DEL NIÑO

¿Quién no ha deseado dormir en la cama todo el día? ¿Qué padre, o madre, no ha intentado que su hijo se echara la siesta y se ha quedado dormido con su retoño? ¡Quién no ha deseado en algún momento de su vida dejar de hacerse mayor!
Después de haber escrito este pequeño relato de juguete, leí por casualidad, como casi siempre llegan estas cosas, un relato de John Updike titulado “¿Debe el mago pegar a mamá?”, que también trata de un padre contando cuentos a su hija. Confieso que el título me ha dado envidia.
Me meto a la cama, a contar un cuento; espero que ustedes lo disfruten, y que no se queden dormidos:
LA CAMA DEL NIÑO
Cuando el niño dejó de dormir en la cuna, pues antes hubiera sido imposible meterme yo en la cuna, porque ni mi mujer ni mi tamaño lo hubiera permitido, me entraron unas ganas terribles de acostarme a dormir con él en su cama. Cualquiera que haya dormido con un cachorro de perro entenderá el motivo. Tienen, bebés y cachorros, un calor corporal como de diminutas estufas, un tacto suave y blando, y un ritmo de respiración y pulsaciones que inspiran el sueño.
Al principio, me acostaba en la siesta, con la excusa de ayudarle a quedarse dormido, y mientras el chiquillo me metía el dedo en la nariz o la oreja, me hurgaba entre los párpados, o me tiraba del pelo de la barba, nos quedábamos como troncos.
Luego fueron los cuentos, y la hora de dormir de por las noches. Al comienzo de esa nueva fase, yo me encargaba, no dejándole a mi mujer, de contarle los cuentos. Me marchaba de la habitación del niño, no bien sus enormes ojos negros se habían cerrado, y su respiración se acompasaba al murmullo del chupete. Me iba con cierto dolor y envidia. Alguna noche, cuando mi mujer subió a ver al niño, fingí dormir a su lado, y me quedé con él toda la noche. Hasta que se fue convirtiendo en rutina.
Cuando el niño fue haciéndose mayor, y creciendo de manera intolerable, a veces yo le molestaba y no le dejaba dormir. Papá, no seas pesado y vete a tu cama. Yo le respondía: vete tú a dormir con mamá.
Así que algunas noches, en mitad del sueño, mi hijo, al recibir alguna patada o empujón por mi parte, se iba como un sonámbulo a acostar con su madre, en el espacioso dormitorio matrimonial. Yo me sonreía en el calor del duermevela, y me hacía con el poder de todo el edredón, del osito de peluche, y de la habitación azul de mi hijo. Su madre, por supuesto, lo acogió encantada.
Esa costumbre se fue imponiendo de tal manera, que mi hijo, directamente se iba a dormir a la cama matrimonial, sin pasar por su habitación, que ya no le interesaba lo más mínimo, pues ya había crecido hasta ser de mi altura, y no andaba con juguetes.
Yo por mi parte tampoco deseaba volver a la cama matrimonial, y evitaba pasar a su lado.
Ahora mi hijo me dice adiós desde la puerta de la habitación azul antes de ir a trabajar, vestido con mis trajes, y mi mujer se enfada porque no quiero salir de la cama para ir al colegio.
Relatos hiperbreves del más allá, Manolo Yagüe

BESOS: QUÉ DICE CÁTULO SOBRE EL PARTICULAR

 

Hace tiempo escrbí una entrada del blog titulada BESOS, referente a un poema en el que Paul Morand, medio en serio medio en broma, nos advierte: según un estudio de psicología,  dar besos acorta la vida.

Ustedes eligen, hay que decidirse, ¿damos o no damos besos? Preguntaba yo.
Hoy con otro humor, alegre y amoroso, traigo a colación un sabroso poema del romano Cátulo (84 a.C.- 54 a.C.). Escrito para su su amada, la bella y licenciosa Clodia (que aparece como Lesbia en sus poemas), que luego le dejó, háciendole sufrir a Cátulo amargamente. Va de amor, tambien de besos:
Vivamos, Lesbia, y amemos;
los rumores severos de los viejos
que no valgan ni un duro todos juntos.
Se pone y sale el sol, mas a nosotros,
apenas se nos pone la luz breve,
sola noche sin fin dormir nos toca.
Pero dame mil besos, luego ciento,
después mil otra vez, de nuevo ciento,
luego otros mil aún, y luego ciento…
Después, cuando sumemos muchos miles,
confundamos la cuenta hasta perderla,
que hechizarnos no pueda el envidioso
al saber el total de nuestros besos.

Cátulo

DESDE LA TERRAZA

 

Era un hombre bajito, llevaba gafas, unas gafas de metal con las esferas redondas, y estaba medio calvo. Hacía buen tiempo, así que a esas horas de la mañana bastaba con un fino jersey. El jersey le venía un poco grande, como si hubiera comprado una talla de más. Se asomó y observó la calle desde la terraza del séptimo piso, con la exagerada precaución de los que tienen vértigo. Apartó una de las macetas, plantada de geranios mustios, que colgaban en la terraza. Se puso a horcajadas en la barandilla, temblando, porque no le daban las piernas de tan bajito como era. Subió la otra pierna, para salvar la altura de la barandilla y sus pies quedaron encajados entre los barrotes, mientras se sujetaba con manos de desesperación. Se asomó girando el cuello, pero tenía la calle a su espalda. Los pies le vibraban apoyados a los hierros del balcón. Con extremo cuidado, como si temiera caerse, se dio la vuelta para ponerse de cara a la calle.
Cayó encima de un toldo, rebotó, salto despedido encima de un coche de color rojo, que ni siquiera se abolló con el escaso peso del hombrecillo, rodó por el parabrisas delantero, y fue a dar con sus huesos en la calzada de la calle, a la altura de la rueda delantera izquierda del vehículo.
Una furgoneta de correos paró justo delante de él, a punto de atropellarlo. Enseguida se vio rodeado de gente. La furgoneta de correos se desvío hacia el otro lado de la calzada; tenía prisa. Se levantó aturdido: ¿estoy muerto? ¿estoy muerto? Preguntó varias veces. Vaya suerte, repetía sin parar uno de los operarios del taller de cambio de ruedas, que sujetaba al hombrecillo, sin percatarse de que tenía las manos llenas de grasa. Vivito y coleando, se rió un joven ceñido con ropa de color negro, y con unas melenas que parecían de mujer. Una señora mayor, se puso a llorar, y la camarera de la cafetería de enfrente, una colombiana muy jovencita y agraciada, trató de consolarla. Habrá que llamar a la policía y a una ambulancia, dijo un señor fornido, con traje y engominado, que parecía recién salido de una oficina de banco. No, no llamen a nadie, dijo con un hilo de voz el hombrecillo, que parecía un enano rodeado de amigables gigantes. Estaba visiblemente azorado. ¡Pero que ha hecho, usted está loco o qué!, vociferó con los brazos en alto el dueño del quiosco de la esquina, con sus melenas blancas como Einstein, que le hacían parecer loco de verdad. Estaba regando las plantas, no sé que me pasó, se excusó nervioso, con la cara, la calva y las orejas rojas de vergüenza, ¿de verdad que no me ha pasado nada? Eso parece, sentencio el tipo que parecía salido del banco. Es un milagro, exclamó la señora mayor alzando sus ojos al cielo, y la camarera colombiana asintió con gesto devoto. No será mejor que lo lleven al hospital, aulló otro operario del taller mientras se frotaba las manos con un paño grasiento, lo mismo se ha roto algo por dentro. No quiero ir al hospital, me encuentro perfectamente, perdonen las molestias, lo mejor es que
vuelva a casa, musitó el hombrecillo mientras trataba de dar cortos pasos hacia su portal, con su mirada cegata,  ya que había perdido las gafas en la caída, pero nadie pareció darle importancia, ni el mismísimo accidentado. Quiere que le acompañe señor, se ofreció un adolescente con el pantalón caído, que no tenía ganas de ir a clase. No, gracias, está mi mujer, mejor que no se entere. Será lo mejor, se miraron unos a otros, con gestos de satisfacción por el deber cumplido.
El hombrecillo rebuscó en los bolsillos, sacó un manojo de llaves que le tiritaban entre los dedos, y entró en el portal, rodeado por el barullo de curiosos. Se le vio caminar pasillo adentro, en la más absoluta soledad, palpándose los brazos y la cabeza, como incrédulo. Cogió el ascensor. Se despidió con un movimiento involuntario del brazo, como un rápido saludo franquista, alzando como un resorte la mano desde el codo, de las caras que le observaban pegadas a los cristales del portalón de acceso al edificio,  conforme las puertas del ascensor se cerraban.
Los viandantes se fueron alejando despacio mientras comentaban el suceso, directos a sus quehaceres cotidianos.
Yo tuve un presentimiento. Llevaba tiempo sentado en un banco de la acera de enfrente. Tampoco tenía cosa mejor que hacer. Me encendí un cigarro. No dejaba de observar la terraza. Luego me encendí otro. Me dije, si no sale cuando me lo acabe, me voy.
Pero, cuando ya pisaba el cigarro para largarme, se abrió una ventana del séptimo piso, justo al lado de la terraza. Calculé que salvaría el toldo. Se subió como en una silla que le hizo las veces de escalera. Casi no tuvo que agacharse para sortear el marco.
Miró hacía abajo, directamente al punto donde su cuerpo tenía que hacer diana. Se lo pensó mejor. Entró de nuevo, cerró la ventana, y corrió las cortinas, como enfadado.
Me acordé de sus gafas. El tío llevaba gafas. Me acerqué y husmeé. En efecto. Las gafas estaban rotas, pero me las quedé de recuerdo.
Relatos hiperbreves del más allá, Manuel Yagüe.

POR LISBOA: CON ANTONIO TABUCCHI, EN BUSCA DEL ESPÍRITU DE FERNANDO PESSOA.

 

Vista desde el Castelo de Sao Jorge

 

En memoria de Antonio Tabucchi

Una vez me dio la ventolera, cogí mi megán “amarelo” (amarillo en portugués), y dejé a mi mujer tirada para pasarme unos días sólo en un lugar remoto. Me dije, adónde coño iré yo ahora. Y pensé en Lisboa, en el terremoto de 1755, en que era Semana Santa pero hacía calor, en que había leído Réquiem, una novela de Antonio Tabucchi, en la que el personaje protagonista va al encuentro literal del espíritu del gran Pessoa, a quien también había leído, en los dos tomos de la obra poética completa, edición bilingüe, de Ediciones 29, una edición barata, especialmente diseñada para estudiantes que soñábamos con ser poetas.

Lisboa no tiene nada de remoto, como se comprenderá fácilmente. Pero conserva el encanto decadente de los cafés viejos, de las calles intrincadas, de sus tienduchas de antigüedades llenas de polvo romántico, de sus librerías de viejo, del puerto sucio, de la dulzura del idioma portugués, del traqueteo de sus tranvías amarelos, de la miseria un tanto desvaída del sur, de la brisa aterradora del atlántico, de su puesta de sol al borde del estuario del Tejo.
Puente 25 de Abril

Entré por el Puente 25 de Abril, imponente vista del orificio de la nariz, me peleé con el tráfico imposible del centro de la ciudad y, cansado de disfrutar con la paciencia de los conductores lisboetas, que te dejan pasar sin problemas y no te gritan o insultan si te metes por dirección prohibida, dejé descansar el pobre megán en un parking público toda la noche, y me fui en busca de una pensión. Después de siete tugurios, di con una pensión encantadora por la que pagué cuatro perras en las estribaciones del Castelo de Sao Jorge, a un paso de la y juro que hubiera sido el alojamiento elegido, aunque me hubieran dado todos los hoteles de Lisboa para elegir (Sociedade Hotel Brasil Africano, Lda., Travessa das Pedras Negras, 8 -2º).
Vi todo lo que hay que ver, y por supuesto, no me encontré con el espíritu de Pessoa. Ni con el mío propio. El día antes de partir, una portuguesa de piel morena y pelo negro, con su voz melosa, subió toda una cuesta empinada para mostrarme un sitio imposible donde aparcar mi megán “amarelo” y, sin saberlo, bautizó el coche.

A la mañana siguiente, el desprendimiento de una casa cercana, casi entierra mi coche. Pero con su habitual parsimonia y amabilidad, los policías y bomberos locales me dijeron que no le había pasado nada, pero que por favor lo quitase de allí. Me dieron las gracias con efusiva amabilidad: hubieran estado dispuestos a esperar todo el día sin impacientarse a que llegara el dueño del megán amarelo que les molestaba en sus tareas.
No hay nada más; el resto fluyó con la metódica pasión del turismo de siempre, salvo por mi baño en la playa frente al casino de Estoril, con un bañador floreado comprado por cinco euros y que todavía uso, para desprestigio de mi mujer, y una ruta por la accidentada orografía de la nariz lusa, hasta el Cabo da Roca.
Puedo afirmar con total seguridad que el libro de Tabucci y los poemas de Pessoa hacen honor al recuerdo que dejan de Lisboa.
Los tranvías amarelos
Para concluir bien todo viaje literario, ha de hacerse con unas líneas de buena literatura:

“La Vieja Gitana se apoderó de mi mano izquierda y miró con mucha atención la palma.Es un poquito complicado, hijo mío, dijo la Vieja Gitana, es mejor que te sientes en este banco. Me senté, pero ella no me soltó la mano. Hijo, me dijo la vieja, escucha, así no puedes continuar, tú no puedes vivir en dos lados, el lado de la realidad y el lado del sueño, eso provoca alucinaciones, eres como un sonámbulo que atraviesa un paisaje con los brazos extendidos y todo aquello que tocas pasa a formar parte de tu sueño, yo misma, que soy vieja y gorda y peso ochenta kilos, siento que me disuelvo en el aire al tocar tu mano, como si pasara a formar parte también de tu sueño.

Réquiem, Antonio Tabucchi.”

“Todos los días ahora despierto con alegría y pena.
Antaño despertaba sin sensación alguna; despertaba.
Tengo alegría y pena porque pierdo lo que sueño
y puedo estar en la realidad en donde está lo que sueño.
No sé qué he de hacer con mis sensaciones.
No sé qué he de hacer conmigo a solas.
Quiero que ella me diga algo que me despierte de nuevo.
Fernando Pessoa”
Manuel Yagüe