>LITERATURA FEMENINA: EL EMBARAZO DE MI HERMANA DE YOKO OGAWA

>

Hay montones de libros destinados al embarazo y a las embarazadas. Algo mucho menos común es que el embarazo sea el motivo de una obra literaria. Y algo menos común  todavía es que asistamos a un diario en el que la escritora nos cuenta el embarazo de su hermana. Yoko Ogawa (1962), escritora japonesa, autora de otras dos obras de éxito comercial, Perfume de hielo, y La fórmula preferida del profesor, nos introduce en El embarazo de su hermana, en forma de diario, en una atmósfera cotidiana, pero muy cerrada, que discurre de forma aparentemente tranquila. Sin embargo, la particular manera de ver la realidad de la autora nos sume en la inquietud y el terror. Por no hablar de la ingesta abusiva de mermelada de pomelo.

Lo mejor de la novela es que explora una serie de sentimientos que se esconden durante los embarazos, como pueden ser la falta de deseo de tener el hijo, el miedo a lo nuevo que acontece, el distanciamiento del marido, o la percepción del embarazo por parte de las personas que están a su alrededor.
Se nota la particular mirada de una mujer en la narración, asunto crucial en la novela. La particular manera de observar la realidad de una mujer, muy distinta a la de un hombre, añade un valor incalculable a la literatura moderna. Pero de eso hablaré en otro momento. 
Disfrutemos además del humor negro de la novela. No se lo recomiendo a aquellas mujeres que estén embarazadas en este momento. Pero sí a aquellas que ya lo han estado, que piensen estarlo, y sobre todo a aquellas que no piensan estar embarazadas jamás.
Se trata de una cuidada edición de la Editorial Funambulista, con unas acertadísimas ilustraciones en blanco y negro, que ayudan a crear un peculiar ambiente oscurecido, tétrico pero tranquilo, sin entorpecer la lectura.
Os dejo con un fragmento de un capítulo de la novela, para abrir boca:
“8 de enero
(Jueves. Siete semanas y tres días)
Por fin han llegado las náuseas.
Yo no sabía que aquello llegaría tan repentinamente. Hasta entonces mi hermana solía decir:
-Yo ni siquiera tendré vómitos.
No le gustan los convencionalismos. Siempre cree que sería la última persona en caeer hipnotizada o anestesiada.
Esta tarde, mientras ella y yo comíamos macarrones gratinados, ha levantado de pronto la cuchara a la altura de los ojos, y ha comenzado a mirarla fijamente.
-¿No huele extraña esta cuchara?
A mí me ha parecido una cuchara normal.
-Huele a arena- ha dicho mientras olisqueaba.
-¿A arena?
-Sí. Aquel mismo olor de cuando era niña y me caía en la arena. Un olor seco, áspero y pesado.
Ha bajado la cuchara al plato y se ha limpiado la boca con la servilleta.
-¿Ya no comes más?- le he preguntado.
Ha negado con la cabeza y ha apoyado la mejilla sobre la mano.
La tetera hervía sobre la estufa. Ella me miraba sin decirme nada. Como no podía hacer nada he seguido comiendo.
-¿No crees que la salsa blanca del gratinado parece líquido gástrico?
Yo, sin hacerle caso, he bebido un trago de agua con hielo.
-Esa temperatura tibia, su tacto húmedo, sus grumos…
Se ha agachado y ha inclinado la cabeza para mirarme a los ojos. Yo he golpeado el gratinado del fondo del plato con la punta de la cuchara.
-Y además, el color ése tan extraño…como si fuera grasa.”
El embarazo de mi hermana, Yoko Ogawa.
Editorial Funambulista.
Traducción y postfacio de Yoshiko Sugiyama.
Ilustraciones de Aifos Álvarez.

>LA DESAPARICIÓN DEL ESCRITOR MANUEL YAGÜE

>

Nota de prensa:
Sorprendentes declaraciones del hasta hace poco inédito escritor Manuel Yagüe: “Desde mi desaparición en extrañas circunstancias, mis libros se venden como rosquillas”, aseguró el autor en una llamada telefónica desde un lugar desconocido que se niega a desvelar. “Mis lectores se han lanzado a encontrar pistas de mi paradero en mis cuentos y poemas, y no paran de buscarme a través de Internet. Menos mal que me he creado una identidad falsa. Si se acercan demasiado, juro que me uno a los Talibanes.”
Se sospecha también que estas declaraciones hayan sido realizadas por algún internauta que aprovecha el éxito repentino de Manuel Yagüe para suplantar su identidad. Hay más de doce personas que han asegurado ser los autores reales de la obra, pero han sido destapados con facilidad. Hay quienes afirman haberlo visto paseando tranquilamente por Valladolid, en una ciudad empapelada de carteles con su fotografía. Un español que trabaja en Sydney creyó haberlo visto nadando en una playa atestada de tiburones. Las autoridades han pedido que cese la colaboración ciudadana, dado el número de pistas falsas y la confusión que genera entre los investigadores.
La pista del escritor, de 36 años, casado y con un hijo, se perdió un domingo de mucho frío por la noche, hace tres meses, cuando la policía encontró el viejo megane amarillo, matricula 1523-BHU, que habitualmente conducía, al borde de la calzada de una carretera secundaria entre los municipios de Motemayor de Pililla y Viloria. A unos centenares de metros, internándose en el pinar, hallaron sus ropas, metidas en una bolsa de plástico. Siguiendo el rastro de su cuerpo los perros de la guardia civil llegaron hasta una carretera casi abandonada, en donde encontraron señales de roderas de otro automóvil, todavía por identificar, y un escrito a cuchillo en la corteza de un árbol: Ja, ja, ja. El viernes anterior había retirado una cuantiosa suma de dinero de la oficina principal de su banco de toda la vida. 
La policía española ya ha puesto el caso en manos de INTERPOL, y su desconsolada familia ofrece un cuantioso rescate, que no deja de crecer, conforme sus obras ascienden en las listas de libros más vendidos. Se ha barajado la posibilidad de que se haya refugiado en alguna isla remota del Pacífico sur, en cualquier aldea tribal del África subsahariana, o como apuntan sus últimas declaraciones, se haya escondido en alguna inaccesible cueva entre las fronteras de Afganistán y Pakistán.
Autor de relatos de humor negro, novelas policiacas de serie B y poesía surrealista, sus allegados sospechaban que tramaba algo y temían un posible suicidio, aunque apuntan que su comportamiento siempre había sido extraño. En boca de su mujer, que está desconsolada: “Siempre parecía estar tramando algo, una se acostumbra”, y añadía: “Manuel, querido, al menos vuelve para el nacimiento de tu segundo hijo”. Yolanda Sampedro, mujer del escritor, está en avanzado estado de gestación y espera al segundo hijo de la pareja para finales de Junio. Curiosamente, a este segundo hijo tenían pensando ponerle el de nombre Manuel, pero ahora no saben que harán.
Una segunda tesis de la investigación, con la que la policía está trabajando, nos llevaría a una secta satánica, o incluso hasta un posible asesinato. Todo está en el aire, y da pie a interesantes conjeturas. Mientras, los padres y hermanos, sobre quienes también se ciernen las sospechas, se niegan a declarar. Por el momento no hay ningún detenido.

>HUMOR NEGRO: UN CUENTO DE AMBROSE BIERCE

>

Es un cuento delicioso de humor negro, ideal para leer un domingo cualquiera. Todo cuanto hace falta saber sobre Ambrose Bierce está en la red. Os dejo con la cálida voz de Buffer Bing, y junto a la encantadora compañía de sus honorables padres:
ACEITE DE PERRO
 
Me llamo Boffer Bing. Mis respetables padres eran de clase muy humilde: él fabricaba aceite de perro y mi madre tenía un pequeño local junto a la iglesia del pueblo, en donde se deshacía de los niños no deseados. Desde mi adolescencia me inculcaron hábitos de tra­bajo: ayudaba a mi padre a capturar perros para sus calderos y a veces mi madre me empleaba para hacer desaparecer los «restos» de su labor. Para llevar a cabo esta última tarea tuve que recurrir con frecuencia a mi talento natural, pues todos los guardias del barrio estaban en contra del negocio materno. No se trataba de una cuestión política, ya que los guardias que salían elegidos no eran de la oposición; era sólo una cuestión de gusto, nada más. La actividad de mi padre era, lógicamente, menos impopular, aunque los dueños de los perros desaparecidos le miraban con una descon­fianza que, en cierta medida, se hacía extensible a mí. Mi padre contaba con el apoyo tácito de los médicos del pueblo, quienes raras veces recetaban algo que no contuviera lo que ellos gustaban llamar Ol.can. Y es que realmente el aceite de perro es una de las más valiosas medicinas jamás descubiertas. A pesar de ello, mucha gente no estaba dispuesta a hacer un sacrificio para ayudar a los afligidos y no dejaban que los perros más gordos del pueblo jugaran conmigo; eso hirió mi joven sensibilidad, y me faltó poco para hacerme pirata.
Cuando recuerdo aquellos días a veces siento que, al haber ocasionado indirectamente la muerte de mis padres, tuve la culpa de las desgracias que afectaron tan profundamente mi futuro.
Una noche, cuando volvía del local de mi madre de recoger el cuerpo de un huérfano, pasé junto a la fábrica de aceite y vi a un guardia que parecía vigilar atentamente mis movimientos. Me habían enseñado que los guardias, hagan lo que hagan, siempre actúan inspirados por los más execrables motivos; así que, para eludirle, me escabullí por una puerta lateral del edificio, que por casualidad estaba entreabierta. Una vez dentro cerré rápidamente y me quedé a solas con el pequeño cadáver. Mi padre ya se había ido a descan­sar. La única luz visible era la del fuego que, al arder con fuerza bajo uno de los calderos, producía unos reflejos rojizos en las paredes. El aceite hervía con lentitud y de vez en cuando un trozo de perro asomaba a la superficie. Me senté a esperar que el guardia se fuera y empecé a acariciar el pelo corto y sedoso del niño cuyo cuerpo desnudo había colocado en mi regazo. ¡Qué hermoso era! A pesar de mi corta edad ya me gustaban apasionadamente los niños, y al contem­plar a aquel angelito deseé con todo mi corazón que la pequeña herida roja que había sobre su pecho, obra de mi querida madre, hubiera sido mortal.
Mi costumbre era arrojar a los bebés al río que la naturaleza había dispuesto sabiamente para tal fin, pero aquella noche no me atreví a salir de la fábrica por miedo al guardia. «Seguro que si lo echo al caldero no pasará nada -me dije-. Mi padre nunca distinguirá sus huesos de los de un cachorro, y las pocas muertes que pueda ocasionar la administración de un tipo de aceite diferente al incomparable Ol.can no pueden ser importantes en una población que crece con tanta rapidez.» En resumen, di mi primer paso en el crimen y arrojé al niño al caldero con una tristeza inexpresable.
Al día siguiente, y para asombro mío, mi padre nos informó, frotándose las manos de satisfacción, que había conseguido la mejor calidad de aceite nunca vista y que los médicos a los que había enviado las muestras así lo afirmaban. Añadió que no tenía la menor idea de cómo lo había hecho, pues los perros eran de las razas habituales y habían sido tratados como siempre. Consideré mi deber dar una explica­ción y eso fue lo que hice, aunque de haber previsto las consecuencias, me habría callado. Mis padres, tras lamentar haber ignorado hasta entonces las ventajas que la fusión de sus respectivos quehaceres suponía, pusieron manos a la obra para reparar tal error. Mi madre trasladó su negocio a una de las alas del edificio de la fábrica y mis obligaciones respecto a ella cesaron: nunca más volvió a pedirme que me deshiciera de los cuerpos de los niños superfluos. Como mi padre había decidido prescindir totalmente de los perros, tampoco hubo necesidad de causarles más sufrimientos. Eso sí, aún conservaban un lugar honorable en el nombre del aceite. Al encontrarme abocado, tan repentinamente, a llevar una vida ociosa, me podría haber convertido en un chico perverso y disoluto, pero no fue así. La santa influencia de mi querida madre siguió protegién­dome de las tentaciones que acechan a la juventud, y además mi padre era diácono de la iglesia. ¡Ay! ¡Y pensar que por mi culpa unas personas tan estimables tuvieran un final tan trágico!
Debido al doble provecho que encontraba en su actividad, mi madre se entregó totalmente a ella. No sólo aceptaba encargos para eliminar bebés no desea­dos, sino que se acercaba a las carreteras y caminos en busca de niños más crecidos, e incluso adultos, a los que conseguía arrastrar con engaños hasta la fábrica. Mi padre, encantado con la superior calidad del pro­ducto, también se dedicaba con diligencia y celo a abastecer sus calderos. La transformación de sus veci­nos en aceite de perro llegó a ser, en pocas palabras, la pasión de sus vidas; una codicia absorbente y arrolla­dora se apoderó de sus almas y pasó a ocupar el lugar antes destinado a la esperanza de alcanzar la Gloria, que, por cierto, también les inspiraba.
Se habían hecho tan emprendedores que llegó a celebrarse una asamblea pública en la que se aprobaron varias mociones de censura contra ellos. El presidente hizo saber que en lo sucesivo los ataques contra la población hallarían una contundente respuesta. Mis pobres padres abandonaron la reunión con el corazón partido, sumidos en la desesperación y creo que algo desequilibrados. A pesar de ello, creí prudente no acompañarles a la fábrica aquella noche y preferí dor­mir fuera, en el establo.
Hacia la medianoche, un misterioso impulso me hizo levantarme y espiar a través de una ventana el cuarto en el que, junto al horno, mi padre dormía. Los fuegos ardían vivamente, como si la cosecha del día siguiente fuera a ser abundante. Uno de los enormes calderos hervía lentamente, con un misterioso aire de contención, en espera de la hora propicia para desple­gar todas sus energías. La cama estaba vacía: mi padre se había levantado y, en camisón, estaba haciendo un nudo en una soga. Por las miradas que lanzaba hacia la puerta de la habitación de mi madre, adiviné lo que estaba tramando. Mudo e inmóvil por el terror, no supe qué hacer para evitarlo. De pronto, la puerta de la alcoba se abrió sin hacer el menor ruido y los dos, algo sorprendidos, se encontraron. Mi madre tam­bién estaba en camisón y blandía en la mano derecha su herramienta de trabajo: una larga daga de hoja estrecha.
Ella, como mi padre, no estaba dispuesta a quedarse sin la única oportunidad que la actitud poco amistosa de los ciudadanos y mi ausencia le dejaban. Por un instante sus miradas encendidas se cruzaron e inme­diatamente saltaron el uno sobre el otro con una furia indescriptible. Lucharon por toda la habitación como demonios: mi madre gritaba y pretendía clavar la daga a mi padre, que profería maldiciones e intentaba aho­garla con sus grandes manos desnudas. No sé durante cuánto tiempo tuve la desgracia de contemplar aquella tragedia familiar pero, por fin, después de un forcejeo particularmente violento, los combatientes se separa­ron de pronto.
El pecho de mi padre y la daga mostraban pruebas de haber entrado en contacto. Durante un momento mis progenitores se miraron de la forma más hostil; entonces, mi pobre padre, malherido, al sentir la pro­ximidad de la muerte, dio un salto hacia delante y, sin prestar atención a la resistencia que ofrecía, agarró a mi madre en brazos, la llevó hasta el caldero hirviente y, sacando fuerzas de flaqueza, se precipitó con ella en su interior. En solo un instante los dos desaparecieron y su aceite se unió al del comité de ciudadanos que habían traído la citación para la asamblea del día anterior.
Convencido de que estos desafortunados aconteci­mientos me cerraban todas las puertas para llevar a cabo una carrera honrada en aquel pueblo, me trasladé a la conocida ciudad de Otumwee, desde donde escri­bo estos recuerdos con el corazón lleno de remordi­miento por aquel acto insensato que dio lugar a un desastre comercial tan espantoso.
Ambrose Bierce

>DEDICADO A MAESTROS Y PROFESORES: UN POEMA DE NICANOR PARRA

>

Esta entrada está dedicada a todos los maestros y profesores del mundo, nada menos. Un autorretrato de Nicanor Parra, último ganador del Cervantes.
Hay quienes dicen que la poesía de Nicanor Parra no es poesía. Yo no sé qué es la poesía, ni cómo podría definirla. Pero sé cuando hay. Y aquí hay mucha, de alto voltaje. Si Nicanor Parra es un “antipoeta”, yo me incluyo en la categoría.
Puede que las condiciones de maestros y profesores hayan cambiado (gabanes de frailes mendicantes, liceos oscuros, los zapatos de cura), pero los sentimientos siguen vigentes; por no hablar de las polémicas horas semanales:
AUTORRETRATO



Nicanor Parra



Considerad, muchachos,
este gabán de fraile mendicante:
Soy profesor en un liceo obscuro,
he perdido la voz haciendo clases.
(Después de todo o nada
hago cuarenta horas semanales).
¿Qué les dice mi cara abofeteada?
¡Verdad que inspira lástima mirarme!
Y qué les sugieren estos zapatos de cura
que envejecieron sin arte ni parte.
En materia de ojos, a tres metros
no reconozco ni a mi propia madre.
¿Qué me sucede? -¡Nada!
me los he arruinado haciendo clases:
la mala luz, el sol,
la venenosa luna miserable.
Y todo ¡para qué!
para ganar un pan imperdonable
duro como la cara del burgués
y con olor y con sabor a sangre
¡Para qué hemos nacido como hombres
si nos dan una muerte de animales!
Por el exceso de trabajo, a veces
veo formas extrañas en el aire,
oigo carreras locas,
risas, conversaciones criminales.
Observad estas manos
y estas mejillas blancas de cadáver,
estos escasos pelos que me quedan.
¡Estas negras arrugas infernales!
Sin embargo yo fui tal como ustedes,
joven, lleno de bellos ideales,
soñé fundiendo el cobre
y limando las caras del diamante:
aquí me tienen hoy
detrás de este mesón inconfortable
embrutecido por el sonsonete
de las quinientas horas semanales.
Poemas y antipoemas, Nicanor Parra.

Editorial Visor.