El retorno del alma al mundo

El derrumbamiento se extiende a todos los componentes de la vida civil porque la vida civil es ahora una vida artificial: ya no vivimos en un mundo biológico en el que la descomposición, la fermentación, la metamorfosis y el catabolismo son los equivalentes de la disfunción en las cosas artificiales. Robert Sardello, colega y amigo mío, escribe:

En el siglo XIX era el individuo el que acudía a la terapia; en el siglo XX, en cambio, el paciente que sufre el derrumbamiento es el propio mundo […]. Los nuevos síntomas son la fragmentación, la especialización, la ˝maestría˝, la depresión, la inflación, la pérdida de energía, las jergas y la violencia. Nuestros edificios están anoréxicos, nuestras empresas paranoicas, nuestra tecnología neurótica. 

[…] Precisamente gracias a su derrumbamiento, el mundo está entrando en una nueva fase de conciencia: al llamar la atención sobre sí mismo por medio de sus síntomas, comienza a tomar conciencia de sí mismo como realidad psíquica. El mundo es ahora objeto de un enorme sufrimiento y presenta una serie de síntomas graves y llamativos, por medio de los cuales se defiende del colapso. A la psicoterapia y a quienes la practican corresponde, pues, retomar aquella línea iniciada por Freud y que consiste en examinar la cultura con ojos de patólogo. 

 

James Hillman, Anima Mundi: El retorno del alma al mundo. Atalanta, 2017. 

DIARIOS

Cuando hicimos la sesión sobre el diario en el taller, no sospechaba que me iba a topar con las confesiones sucesivas de Arturo y Estela. Arturo y Estela son un matrimonio de treintañeros sin hijos que vienen juntos a mis clases de escritura. Arturo es arquitecto pero quiere ser escritor y Estela es profesora pero quiere ser cantante. Son cultos, visten bien, en exceso a la moda, con la que parecen esmerarse a condición de que esta les preste ese plus de personalidad que a todas luces sienten que les falta. 

Después de la sesión tomamos algo y en un aparte, mientras Arturo se entretenía explicando a Jacobo Cerán algún concepto arquitectónico-filosófico a los que nos solía tener acostumbrados, Estela me contó:

—Arturo ha mentido. 

—¿En qué? —dije yo sin darle mayor importancia a lo que Estela pretendiera confesarme. No creo en las verdades ni en las mentiras, así tomadas como categorías. Las mentiras me parecen tan legítimas en una conversación como la invención de una fantasía en un libro; y, por otro lado, ¿al diablo si sé yo a estas alturas lo que es una verdad?

—Dijo que no escribía un diario. Pero sí. Tiene un diario.

—Mucha gente esconde que escribe un diario por pudor o vergüenza.

Estela me miró con esa intensidad de cantante que ha perdido las canciones que fueron suyas, y que las anda buscando sin esperanza y sin demasiada desesperación:

—No es este el caso. Verás, Arthur —Estela practica el snobismo de americanizar a su Arturo—, escribe casi todas las noches antes de acostarse. Lo hace desde aproximadamente un año. Al principio escribía mientras yo leía en la cama, uno al lado del otro, con cuidado para que yo no pudiera leer lo que estaba escribiendo. Cuando terminaba, cerraba el diario, y lo escondía en un cajón del escritorio que descansa solemne e inútil, a unos metros de la cama matrimonial. El escritorio está siempre cubierto de ropa, papeles… No realiza ya su función. Los cajones del escritorio tienen cerradura y llave. Si uno desea puede cerrarlos para proteger lo que quiera que uno esconda dentro. Así que Arturo guardaba el diario en uno de los cajones, cerraba con llave, y se guardaba la llave en la cartera. He de decir que yo jamás miro en su cartera. No por ausencia de celos, sino incluso de interés. 

»Una noche le pregunté, como supongo ocurre siempre en estos casos, que si me dejaría leer su diario. Muy ofendido me contestó que no se me ocurriera intentarlo. Que ese sería el fin de nuestra relación. Asustada, me tomé al pie de la letra su amenaza, y aunque a veces una punzada de deseo me hacía pensar en quitarle la llave y leer los cuadernos (ahora ya son unos cuantos), el temor a ofenderlo me contenía. 

»Así siguieron las cosas, hasta que un día me di cuenta de que mientras escribía su diario, me miraba a hurtadillas. Pensé: estará confesándose un deseo erótico en el diario, o incluso alguna infidelidad. Así fue la cosa, esa noche. A la noche siguiente, al ir a guardar el cuaderno todo ocurrió según el plan previsto. Salvo por un detalle menor. Se dejó la llave puesta. 

A la mañana siguiente, era sábado, salió temprano a hacer footing. Salí de la cama, abrí el cajón y leí el diario. Unas pocas hojas. Cinco minutos, entre emocionada y aturdida. Temiendo que volviera de improviso, lo guardé y dejé las cosas como estaban. 

»Ese día no me percaté de lo que ocurría, pero al amanecer del domingo ocurrió de la misma manera. Él se fue, dejando la llave puesta, y yo volví a leer el diario. Y me di cuenta de algo que me inquietó más todavía que la propia lectura del diario: me percaté de que Arturo dejaba a propósito la llave para que yo lo leyera. Es más, y no sabría decir en qué noté que eso era así, pero en el estilo también se percibía que Arturo escribía no para si, tampoco para otros o para la posteridad, sino para mi, exclusivamente para mi. Para una única lectora, ósea, yo. 

No supe que decir. Me fascinaba la historia de Estela, pues proponía infinitos caminos tortuosos por los que deambular, pero no quería hacerle las típicas preguntas que uno desea responder en estos casos: por ejemplo, si se la pegaba con otra. 

Como me quedará callado, ella concluyó:

—Por más que sus confesiones me dañen o me humillen. Por más que su falsa desnudez me torture y me castigue, saber que lo escribe para mi es un halago que me tiene atrapada. —Ahogó un suspiro de satisfacción masoquista, bebió un sorbo de la copa, y luego me dijo—: ¿Te importaría si yo te trajera un cuaderno de ese diario para que lo echaras un vistazo? 

Abrumado por la oferta, y temiendo que la mancha peligrosa me salpicase también a mi, en un triángulo de consecuencias imprevisibles, me excusé diciéndole que lo pensaría. Ella hizo una mueca que me pareció significar algo: algo así como Arturo y yo hemos planeado este juego y sabemos que al final lo jugarás con nosotros.

VEINTE AÑOS ENCERRADA EN UN SÓTANO

Siempre he sospechado que los personajes que he conocido de un tiempo a esta parte, en la mayoría de las ocasiones se dedican a contarme mentiras. Por el momento no me interesa tanto que sean mentiras, como que sean historias (ni siquiera la calidad de las historias es algo que entre a juzgar). 

Una noche Angelika Siebert me dijo:

—Estuve veinte años encerrada en un sótano por mi marido. Durante ese tiempo me dedicaba a escribir para él. Yo escribía y él firmaba las obras. 

No sabía que decir, salvo que me parecía terrible. 

—¿Tenía ventanas el sótano? —es cuanto se me ocurrió preguntar. 

Angelika hizo un leve gesto de sorpresa, que rápidamente desestimo y cambio por otro de desdén.

—No. Nada. Veinte años sin ver la luz del sol. Mi cutis era tan blanco, que creí que mi piel se hubiera vuelto transparente. Que a través de ella se verían mi interior, con su juego de huesos, músculos y vísceras. 

Me imaginé a un Angelika todavía más transparente, hecha de luz. De hecho me pregunté, pues en muchas ocasiones me había imaginado a Angelika Siebert desnuda, si no sería un ente fantasmal, sin verdadero cuerpo que ofrecer a los hombres. 

En calidad de profesor de escritura tuve que insinuar que estaría mejor ahora, escribiendo en libertad, viviendo, de hecho en libertad. 

No le dedicó tiempo a responder:

—¡Qué va! En cuanto salí del sótano me lancé a la vida. Y me olvidé por un tiempo de escribir. Tuve novios, hice el amor, viaje, bebí y jugué en casinos y con pistolas. Más, ¿qué era yo?, sino una pobre niña encerrada que escribía historias de amor en un sótano. Cuando quise volver a escribir, no podía. Simplemente, no sabía escribir. Por una suerte de perverso sortilegio, se me había olvidado escribir. Las novelas, antes, puntualmente salían de mis dedos; ahora soy incapaz, ya lo ves, de escribir más allá de unas pocas líneas. 

Como profesor suyo, tuve que admitir que así era. Jamás llegaba a clase con más de media cuartilla escrita a mano, y los resultados, a pesar de mi empeño en alentar sus dotes literarias (hasta la fecha más bien escasas), no podía ser más desalentadores. Simplemente esa chica parecía la menos dotada de cuantas he conocido para la literatura (y he conocido chicas tan poco dotadas para la literatura, de algunas de las cuales incluso me he enamorado, que da la risa). 

—Eso quiere decir que solo escribes encerrada en un sótano.

—Si no fuera tan bueno, profesor, le pediría que me encerrase en un sótano y me obligase a escribir.

—Angelika, yo nunca haría eso. 

A lo largo del trayecto que compartíamos, caminamos en silencio. Yo con la sensación de que caminaba al lado de un vestido que escondía un cuerpo de puras fibras y sangre. Ella sospecho que con nada en la cabeza salvo un sótano nauseabundo, eterno y repetido como la coliflor. 

—Yo voy por esa calle. 

—¿Le acompaño? —¿por qué terminaba por hablar con Angelika como si estuviéramos en los años veinte, pero del siglo veinte?.

 Al separarnos, pues siempre se despedía de mi con un un tesón abrupto, como diciéndome: no podrás llegar más que hasta aquí. A partir de este punto mi vida es mía, un secreto que no te dejaré explorar nunca, la vi alejarse, con su vestido amarillo de verano. 

Tuve la extraña sensación de que yo podría ser el marido que la tuviera encerrada. Ella escribiría para mi, y yo firmaría las obras, y gozaría de su cuerpo y del éxito literario que sus novelas me dieran. Un sueño perturbador, inquietante.

Menos mal que las historias que me cuentan mis «personajes», los seres reales que he conocido este tiempo en Valladolid, son todas una sarta de mentiras.

EL GRAN PSIQUIÁTRICO

Un día le dije a Silvano:

—¿No te parece un error que clausuraran los psiquiátricos? Ahora resulta difícil distinguir a los locos de los cuerdos. 

Creía recordar que Silvano me había dicho algo así como que era médico o psicoanalista —aunque sospecho que muchos de los personajes que conozco en el mundo flotante mienten con el descaro propio de los locos—, y pensé que su opinión profesional podría tener más peso que la media. Más peso al menos que la opinión de un profesor de escritura sin opiniones (el hombre sin opiniones propias). 

Se quedó un rato pensando, mientras caminábamos, siempre caminamos por la ciudad durante nuestras largas e incoherentes conversaciones. 

Al rato me dijo:

—Los psiquiátricos no se cerraron. En realidad se abrieron a la sociedad. La engulleron. Dejaron de ser prácticos como instituciones médicas. ¿Cómo encerrar a toda una sociedad de perturbados mentales en instituciones parecidas a cárceles? ¿Cómo atender a todos? El psiquiátrico es la ciudad. 

La idea, por descabellada, sonaba verosímil. Es como la idea de que una sociedad de criminales tenga sus propias cárceles. La sociedad criminal tendrá sus leyes propias y su justicia, cruel e incomprensible, útil; pero jamás tendrá cárceles. 

Fantaseamos durante horas con las implicaciones sociales, políticas, económicas, vitales de la ciudad manicomio. Supusimos, con acierto, que los mismos terapeutas estaban también locos, lo que daba pie a una imposibilidad fragante: la curación. 

La idea de una ciudad manicomio no me pareció del todo extraña. Aunque no había pensado antes en ella como una realidad posible, con las implicaciones totales de ese gran psiquiátrico post paranoico, más propio de la ciencia ficción que de la realidad, que dibujaba en mi cerebro licuado la conversación fluctuante y evasiva de Silvano, me di cuenta de que era tan cierta que solo me quedaba por observar con detenimiento cada rostro, y que en cada rostro encontraría esa locura del manicomio, esa locura repetitiva y peligrosa a la que tanto se teme. 

—La pregunta es la siguiente: ¿cómo distinguiremos a los cuerdos de los locos? ¿No seremos ahora mismo nosotros dos perturbados de paseo por el jardín de este gran manicomio que es ahora la ciudad? 

Un final: cuando volví a casa, en la soledad del espejo me vi como a un loco, uno como tantos, uno más. Asustado, me aparté del espejo.

ESCRIBIR Y ESCRIBIR: NO VENDAN SU BRAZO

 

Me he pasado mucho tiempo escribiendo. Pero no tanto como el que yo me imaginaba. Me he pasado mucho más tiempo leyendo. Esa es la cuestión. No es que piense que todo aquel esfuerzo haya caído en saco roto. Me ha venido de maravilla para mis clases; tengo referencias, y puedo defender con cierta solidez un punto de vista o un argumento (a veces). Me lo he pasado francamente bien. He aprendido cuatro o cinco cosas importantes sobre la vida y sobre las personas, y una o dos sobre mi.

Pero yo quería ser escritor. Os lo aseguro. Lo deseaba de verdad. Tanto que, si un demonio se me hubiera aparecido una noche de insomnio para proponerme cambiar un brazo a cambio del premio, hubiera aceptado sin dudar. Ahora, con un poco de perspectiva, prefiero que ningún demonio travieso hubiera querido jugar con mis deseos. Sin ese brazo ahora mismo me hubiera tenido que turnar para llevar de la mano a uno de mis hijos cada vez. Y gracias a las dos manos puedo, no solo llevarlos a los dos, sino que he podido cogerlos de recién nacidos. Y hay otra buena cantidad de cosas que puedo hacer gracias a esos dos brazos que sigo manteniendo pegados a mi tronco. Por ejemplo: puedo darle un beso a mi mujer, tocarle el culo, y a la vez silenciar el móvil en el bolsillo del pantalón (hay quienes dirán que no es el móvil). Por ejemplo: puedo sujetar una cerveza al tiempo que mi otra mano alcanza el cuenco de los cacahuetes.

 

Sé que hay gloriosos ejemplos de grandes escritores que han perdido brazos, o manos. Pero ya no me cambiaría por ellos.Volvamos al asunto. Me he pasado mucho más tiempo leyendo que escribiendo. Y eso no ha ayudado a mi carrera como escritor (sea cual sea esa carrera, que ese es otro asunto).

Cuando alguien seriamente se plantea que quiere ser escritor, a menudo se olvida de lo esencial. Por ello es habitual que ante un nuevo proyecto escriba dos o tres paginas, que suelen empezar con mucha fuerza, pero se van diluyendo en imprecisiones, y suelen cortarse de manera abrupta. Tengo por lo menos cien novelas de ese tipo en el archivo de mi viejo ordenador.

Aunque siéndome sincero, ahora estoy convencido de que ninguna de ellas será una novela. Se escribieron al calor del momento, en un arrebato de pasión que obedecía a dos impulsos naturales del escritor:

El impulso de emular las grandes obras que nos han conmovido.

El impulso de emular a aquellos escritores pésimos que han tenido un éxito de ventas milagroso.

No me parece que sean buenos puntos de partid

Yo creo que el mejor punto de partida es uno lo suficientemente modesto como para aceptar que, si nunca hemos pasado de una página, un éxito razonable, incluso meritorio, digno de mi alabanza, sería llegar a las dos páginas. Y si hemos llegado a las dos páginas, es bueno que no lancemos las campanas al vuelo. Sigamos escribiendo todavía una buena cantidad de textos de dos páginas, hasta que nos sintamos con fuerzas de aceptar el reto de llegar a las tres. Y, si entrenemos lo suficiente, superando dichos retos, quizás, y solo quizás, después de un continuado y superior esfuerzo de la voluntad, puede que lleguemos a la tan ansiada novela. Aunque tampoco hay que rasgarse las vestiduras. Probablemente la primera novela, no sea muy buena que digamos. Al igual que hemos ensayado con una primera página, y luego nos hemos lanzado a dos, y luego hemos repetido ese esfuerzo de escribir dos páginas, lo más probable es que nos veamos obligados a escribir dos, tres, cuatro o cinco novelas, antes de dominar el trabajo medianamente. Al menos como para llegar a saber de qué narices va eso de escribir una novela. Qué significa. En qué atolladeros nos vamos a ver envueltos. Qué estrategias vamos a generar para salir de la aventura de escribir una novela sin perder un brazo.

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Así pues, mi mejor recomendación, no es mía. La he comprendido en figuras como la de Henry Miller, autor al que admiro:

Escribir, escribir y escribir. Aprender, aprender y aprender. Leer, leer y leer. Pero primero escribir como un poseso.

Esto que pongo no son palabras literales de Henry Miller, ni nada parecido. Son las líneas maestras que yo he podido entresacar de la lectura de su biografía, de sus libros, de sus testimonios personales.

Escribir está primero. Y no hay nada que sea tan impagable para un escritor que no atienda a los requerimientos del ego o de los mercados, como pasar cinco, seis o siete horas escribiendo sin parar. Son mis momentos felices. Mientras tecleo a toda prisa, mi cabeza gira como un tornado a mil por hora, levantando hierbas, desperdicios, tractores, vacas, o una casa del medio oeste, y mis dedos apenas son capaces de seguirle el ritmo, yo no existo, nada de lo que he dado por sentado existe, las facturas no existen, los alumnos no existen, el pacto con el diablo no existe -ni por asomo se me ocurre no tener el brazo, la mano, los dedos, que tanto necesito para la actividad que tan feliz me hace-; no existe nada que esté fuera o lejos de la pantalla del ordenador y de los malditos signos que como hormigas siguen imparables devorando la selva de la realidad.

No vendan su brazo. Si ya consideran que han leído a un buen puñado de clásicos y modernos de la gran literatura, no se atormenten pensando que todavía no han leído a Proust, (y desde luego no hay autor que se precie que no haya leído a Proust), porque es mentira. Se puede ser un escritor competente, efectivo, divertido, e incluso tremendamente brillante sin leer a Proust. Shakespeare lo hizo. Desde luego Cervantes, que tanto escribió también, tampoco leyó a Proust. Voltaire, no. Yo, desde luego lo he evitado.

No vendan su brazo; manden unos cuantos tópicos a la basura, y dedique el tiempo que deja libre la frustración no correspondida a escribir.

 

Manolo Yagüe