Dinero. Carta de un suicida. Por Martin Amis.

Esto es la carta de un suicida. Cuando hayan terminado ustedes de leerla (y esta clase de cartas hay que leerlas despacio, centrando la atención en las claves, en los detalles delatores), John Self habrá dejado de existir. En cualquier caso, la idea es ésa. Pero con las cartas de los suicidas nunca sabe uno a qué atenerse, ¿no es cierto? Si consideramos todo el conjunto de la vida planetaria, hay más cartas suicidas que suicidas. En este sentido son como los poemas: casi todo el mundo intenta alguna vez escribir una carta de suicida, tanto si tiene talento para escribirla como si carece de él. Todos nosotros las escribimos mentalmente. Por lo general, lo que importa es la carta. La terminamos, y luego continuamos nuestro viaje a través del tiempo. Lo que queda suspendido no es la vida, sino la carta. O al revés: la muerte. Pero con las cartas de los suicidas nunca sabe uno a qué atenerse, ¿no es cierto?

¿A quién está dirigida la carta? ¿A Martina, a Fielding a Vera, a Alec, a Selina, a Barry…, a John Self? No. Está dirigida a ustedes, los que están ahí afuera, queridos, amables lectores.

M.A.

Londres, septiembre, 1981

cuerpo en la bañera

se bañaba de niño a solas

enjabonándose con la aplicación de los gigantes

cuando tratan de enhebrar agujas

.

su cuerpo eran astillas de palo

y su pelo jamás se desenredaba del silencio

acosado por enjambres de abejas invisibles

.

sus ojos no se quebraban, se doblaban

todo lo que mirara no se la devolvía

no sufría ya, no

.

siempre conmigo a solas

en la bañera de mis sueños

su cuerpo muerto

Ensayo del fin del mundo (poemas), Manolo Yagüe

CUANDO LLEGUE EL FIN

Cuando llegue el fin, 
todos los árboles se inclinarán del mismo lado,
los hombres mirarán el interior de los ojos de sus mujeres,
los animales huirán a rincones insospechados,
las sardinas saltarán del plato de porcelana,
los cristales se resquebrajarán en silencio,
los niños jugarán con rabia y explotarán de emoción,
Cuando llegue el fin.

Ensayo del fin del mundo (poemas), Manolo Yagüe

EL RETORNO DEL ALMA AL MUNDO

El derrumbamiento se extiende a todos los componentes de la vida civil porque la vida civil es ahora una vida artificial: ya no vivimos en un mundo biológico en el que la descomposición, la fermentación, la metamorfosis y el catabolismo son los equivalentes de la disfunción en las cosas artificiales. Robert Sardello, colega y amigo mío, escribe:

En el siglo XIX era el individuo el que acudía a la terapia; en el siglo XX, en cambio, el paciente que sufre el derrumbamiento es el propio mundo […]. Los nuevos síntomas son la fragmentación, la especialización, la ˝maestría˝, la depresión, la inflación, la pérdida de energía, las jergas y la violencia. Nuestros edificios están anoréxicos, nuestras empresas paranoicas, nuestra tecnología neurótica. 

[…] Precisamente gracias a su derrumbamiento, el mundo está entrando en una nueva fase de conciencia: al llamar la atención sobre sí mismo por medio de sus síntomas, comienza a tomar conciencia de sí mismo como realidad psíquica. El mundo es ahora objeto de un enorme sufrimiento y presenta una serie de síntomas graves y llamativos, por medio de los cuales se defiende del colapso. A la psicoterapia y a quienes la practican corresponde, pues, retomar aquella línea iniciada por Freud y que consiste en examinar la cultura con ojos de patólogo. 

 

James Hillman, Anima Mundi: El retorno del alma al mundo. Atalanta, 2017. 

DIARIOS

Cuando hicimos la sesión sobre el diario en el taller, no sospechaba que me iba a topar con las confesiones sucesivas de Arturo y Estela. Arturo y Estela son un matrimonio de treintañeros sin hijos que vienen juntos a mis clases de escritura. Arturo es arquitecto pero quiere ser escritor y Estela es profesora pero quiere ser cantante. Son cultos, visten bien, en exceso a la moda, con la que parecen esmerarse a condición de que la ropa les preste ese plus de personalidad que a todas luces sienten que les falta. 

Después de la sesión tomamos algo y en un aparte, mientras Arturo se entretenía explicando a Jacobo Cerán algún concepto arquitectónico-filosófico a los que nos solía tener acostumbrados, Estela me contó:

—Arturo ha mentido. 

—¿En qué? —dije yo sin darle mayor importancia.

No creo en las verdades ni en las mentiras, así tomadas como categorías. Las mentiras me parecen tan legítimas en una conversación como la invención de una fantasía en un libro; y, por otro lado, ¿al diablo si sé yo a estas alturas lo que es una verdad?

—Dijo que no escribía un diario. Pero sí. Tiene un diario.

—Mucha gente esconde que escribe un diario por pudor o vergüenza.

Estela me miró con esa intensidad de cantante que ha perdido las canciones que fueron suyas, y que las anda buscando sin esperanza y sin demasiada desesperación:

—No es este el caso. Verás, Arthur —Estela practica el snobismo de americanizar a su Arturo—, escribe casi todas las noches antes de acostarse. Lo hace desde aproximadamente un año. Al principio escribía mientras yo leía en la cama, uno al lado del otro, con cuidado para que yo no pudiera leer lo que estaba escribiendo. Cuando terminaba, cerraba el diario, y lo escondía en un cajón del escritorio que descansa solemne e inútil, a unos metros de la cama matrimonial. El escritorio está siempre cubierto de ropa, papeles… No realiza ya su función. Los cajones tienen cerradura y llave. Si uno desea puede cerrarlos para proteger lo que quiera que uno esconda dentro. Así que Arturo guardaba el diario, cerraba con llave, y se guardaba la llave en la cartera. He de decir que yo jamás miro en su cartera. No por ausencia de celos, sino incluso de interés. 

»Una noche le pregunté, como supongo ocurre siempre en estos casos, si me dejaría leer su diario. Muy ofendido me contestó que no se me ocurriera intentarlo. Que ese sería el fin de nuestra relación. Asustada, me tomé al pie de la letra su amenaza, y aunque a veces una punzada de deseo me hacía pensar en quitarle la llave y leer los cuadernos (ahora ya son unos cuantos), el temor a ofenderlo me contenía. 

»Así siguieron las cosas, hasta que un día me di cuenta de que mientras escribía su diario me miraba a hurtadillas. Pensé: estará confesándose un deseo erótico en el diario, o incluso alguna infidelidad. Así fue la cosa, esa noche. A la noche siguiente, al ir a guardar el cuaderno, todo ocurrió según el plan previsto. Salvo por un detalle menor. Se dejó la llave puesta. 

»A la mañana siguiente (era sábado), salió temprano a hacer footing. Salí de la cama, abrí el cajón y leí el diario. Unas pocas hojas. Cinco minutos, entre emocionada y aturdida. Temiendo que volviera de improviso, lo guardé y dejé las cosas como estaban. 

»Ese día no me percaté de lo que ocurría, pero al amanecer del domingo ocurrió de la misma manera. Él se fue, dejando la llave puesta, y yo volví a leer el diario. Y me di cuenta de algo que me inquietó más todavía que la propia lectura del diario: me percaté de que Arturo dejaba a propósito la llave para que yo lo leyera. Es más, y no sabría decir en qué noté que eso era así, pero en el estilo también se percibía que Arturo escribía no para si, tampoco para otros o para la posteridad, sino para mi, exclusivamente para mi. Para una única lectora, ósea, yo. 

No supe que decir. Me fascinaba la historia de Estela, pues proponía infinitos caminos tortuosos por los que deambular, pero no quería hacerle las típicas preguntas que uno desea responder en estos casos: por ejemplo, si se la pegaba con otra. 

Como me quedará callado, ella concluyó:

—Por más que sus confesiones me dañen o me humillen. Por más que su falsa desnudez me torture y me castigue, saber que lo escribe para mi es un halago que me tiene atrapada. —Ahogó un suspiro de satisfacción masoquista, bebió un sorbo de la copa, y luego me dijo—: ¿Te importaría si yo te trajera un cuaderno de ese diario para que lo echaras un vistazo? 

Abrumado por la oferta, y temiendo que la mancha peligrosa me salpicase también a mi, en un triángulo de consecuencias imprevisibles, me excusé diciéndole que lo pensaría. Ella hizo una mueca que me pareció significar algo: algo así como Arturo y yo hemos planeado este juego y sabemos que al final lo jugarás con nosotros.

El Pájaro Escritor
El pájaro escritor
Autodestrocción (plaquette, poesía)

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